miércoles, 28 de diciembre de 2011

LOS CABREADOS


La Modernidad pasó por el mundo como un tsunami cultural que barrió con los mitos de la Antigüedad y los vejámenes de la Edad Media, e hizo del Renacimiento lo que el perfume francés hacía con los malos olores despedidos por una sociedad nobiliaria macerada en su propio sebo rancio.

Los fenómenos naturales, como los terremotos y tsunamis, poseen dentro de sus características, el ser espontáneos y causales; pues obedecen a la coyuntura de la ciencia meteorológica. Suceden cuando las condiciones para que ocurran son óptimas. Lo mismo pasa en el devenir de las sociedades. Sus crisis también responden a causas predeterminadas que la sociología agrupa dentro de las costumbres humanas, y la psicología dentro de las conductas que en aquellas se reflejan. Pasado el punto culminante de estos fenómenos cíclicos con que la vida se manifiesta, sólo quedan sus resacas y rescoldos. Quienes sepan leer en ellos encontrarán explicaciones, desarrollarán teorías y generarán nuevas corrientes de pensamiento que se manifestarán en costumbres novedosas.

De los desperdicios que la Modernidad ha dejado en las orillas, se han rescatado en los últimos años, muestras más que suficientes del grado de descomposición alcanzado en las culturas cuya moral  está basada en la construcción teológica de su sociedad. Dios no ha muerto, como malamente le atribuyen a Nietszche, lo han matado.

Descubrir a sus asesinos es la causa del actual escepticismo hacia quienes han creado ideologías ajenas a las posibilidades limitadas del ser humano. Decía el filósofo alemán que fomentar la esperanza, una de las virtudes cristianas, era muy malo porque no hace más que prolongar el sufrimiento y que pedirle al individuo que tenga amor por la humanidad era exigirle al ser humano algo imposible, porque está fuera de su naturaleza egoísta. Es por esa misma razón que tampoco creía en la teoría evolucionista, pues afirmaba que el mono es demasiado bueno para que el hombre descienda de él.  

Es en este nihilismo de la sociedad occidental  donde se alimentan las legiones de cabreados que protestan sin esperanza alguna, pues saben que no pueden pedirle a la sociedad aquello que esta fuera del alcance del individuo y porque han descubierto que los asesinos de Dios somos todos.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

DEL AUTOR Y SUS LECTORES


 

La palabra, en especial la escrita, ha tenido múltiples usos y otros tantos destinos; no todos gratificantes ni benévolos. Ha sido mensajera infalible para conducir a la paz o a la guerra y el arma por excelencia para desenmascarar tiranos y farsantes. Con el advenimiento y desarrollo de la lingüística el valor de la palabra y sus significados ha corrido la misma suerte que la moneda, el proceso inflacionario la ha devaluado hasta el previsible divorcio final entre habla y lenguaje.

El pragmatismo inmediato del lector actual no puede soportar la disyuntiva de los significados y de los significantes y mucho menos, la pérdida de tiempo que implica el uso del diccionario: el mejor amigo del hombre, después del silencio. Hablar o escribir con palabras de “a cuara”  es para lectores de 25 centavos. Tampoco debemos olvidar que las palabras tienen música, de donde se deduce que la cacofonía es un atributo perjudicial tanto al oído como al olfato.

Estoy totalmente de acuerdo con quienes opinan con Azorín que la sencillez en la escritura es una de las virtudes mayores, pero si se hace a expensas de la precisión, deja de serlo. El castellano es, hasta donde mi magra poliglotía alcanza, uno de los idiomas más precisos y de mayores recursos léxicos. No hay que analizar, una y otra vez, el contexto para husmear su significado, ni hay que arriesgar un anglicismo por carencia de aquello que limpia, fija y da esplendor. También hay que tener cuidado, las palabras cortan, sangran y matan. La frase: “la crítica de Juan”, puede plantear, a vuelo de pájaro, que Juan es el crítico o que él es el sujeto criticado. En el idioma de Cervantes una cosa es la crítica a Juan y otra muy distinta la crítica de Juan. Sospecho que si Noam Chomsky hubiera nacido idiomáticamente castellano su gramática generativa y transformacional no sería tan engorrosa e incomprensible como lo es para este lector de sesera devaluada.

Entre lectura y escritura existe un mecanismo de simbiosis intelectual y de comensalismo pseudoparasitario se puede escribir más sencillo si sustituimos las palabras por su significado. Así: Entre lector y escritor existe una interacción intelectual mutuamente beneficiosa ya que ambos se alimentan, como los parásitos, de los desechos del otro, pero sin provocarse daño. El autor tiene todo el derecho de escoger, según su estilo e intención, cualquiera de las dos formas mencionadas. Para quien desee precisión, intensidad, brevedad y erudición, utilizará la primera variante. En cambio, quien busque comprensión inmediata a expensas de precisión y longitud, lo hará con la segunda. Dudo mucho que en el comensalismo parasitario entre lector y escritor no se provoquen daños. El basurero de mi escritorio es una verdadera biblioteca de esperpentos que haría la felicidad de los lectores concisos y el pesar de muchísimos narradores constreñidos.

A mi modo de ver, tres son las obligaciones del autor: claridad, precisión y belleza. En los comentarios u opiniones de artículos periodísticos, a lo explicativo, habría que agregar una pizca de docencia. Escribir artículos de opinión requiere, precisamente, del riguroso estudio del tema y de la compulsiva necesidad de compartir esos descubrimientos con los cofrades que, tras su lectura y sus comentarios, enriquecen aún más o desafían lo que creemos saber hasta llegar a conocer lo imprescindible: los límites geográficos de nuestra ignorancia. Tanto la lectura como la escritura amplían esas fronteras. No hay, para mí, mejor forma de conocer o aprender que la de escribir, leyendo detenidamente con criterio, profundidad y buen gusto. No debiéramos olvidar que la literatura, cualquiera sea su género, es parte del arte de la comunicación, sometida, en una disposición voluntaria y consciente del intelecto,   a los ocultos placeres de la lectura.

Así como el autor tiene el derecho a expresarse libremente, el lector tiene todo el derecho a no ser timado por las falsedades del escritor o por la chabacanería comercial de los críticos a sueldo o por la del mercado editorial promotor de la partenogénesis literaria. Hacer leer lo ilegible o hacer pasar gato por liebre, son crímenes de lesa lingua. El derecho fundamental del lector es el de apropiarse del texto, trastocarlo, trastrocarlo y reinterpretarlo como se le antoje. Esa es la razón de que existan tantos Quijotes como lectores ha tenido. El lector también tiene derecho a escoger libremente lo que lee, sin intermediarios engañosos. Lo que no puede hacer es juzgar una  obra mala y recomendarla, regalarla o reciclarla a su enemigo más cercano o peor aún, donarla a una biblioteca. Es mejor purificar al mal libro por el fuego que transformar las bibliotecas del país en un depósito de textos inservibles. El principal deber del lector es, pues, el mismo que el del buen crítico: no dejarse engañar, ni engañar a los demás.

Hace unos años, cuando estaba de moda la seducción (no me refiero a la novela de Witold Gombrowicz), el lector era tratado como los buenos políticos hacen con sus opositores más férreos: con puente de plata y pétalos de rosa. Se le impedía hacer el menor esfuerzo. Como a los polluelos, se le daba todo masticado, regurgitado y vuelto a digerir. Tal vicio de egolatría y desprecio -verdadera afrenta al respeto intelectual de los lectores- se sigue utilizando bajo una sencillez mal entendida y de una literatura de “a cuara” o del best-séller* comercial de moda. Hasta profesores y maestros del idioma lo agradecen en nombre de las estadísticas de alfabetización. Enseñar a leer no es una misión cuantitativa del docente, debe ser una tenaz obligación de selección cualitativa, de la correcta interpretación y uso de la palabra. Al lector no hay que sobarlo, hay que mantenerlo despierto. Tampoco hay que darle tregua, porque al cabo, su destino final será el de sentir la misma angustia y el mismo placer que ha tenido el autor al entregarle su obra. El lector pasivo es tan malo como el seductor que escribe banalidades. Ambos se perjudican mutuamente, uno creyendo entender lo que no sabe y el otro, creyendo saber lo que no entiende.

* Incorporada al diccionario de la RAE.

Juan C. Ansin

lunes, 12 de septiembre de 2011

LA IMPORTANCIA DE UNA COMA

“En ocasiones, el que más sabe es el que menos entiende”
Sarmiento


El 11 de Septiembre ha sido devorado por las bulímicas pantallas de televisión que vomitan, una tras otra, las imágenes de una tragedia imposible de olvidar. Todavía siento correr por la espalda el filo acerado del terror, al mismo tiempo que el aeroplano se impactaba en la primera de las Torres Gemelas. A los pocos minutos se repitió el mismo episodio con idéntica similitud, tal como sucedía en las primeras épocas del cine cuando se cortaba la cinta de celuloide y repetían la secuencia anterior, sólo que esta vez lo que se repetía era la insólita expresión de la barbarie humana llevada hasta el punto de la consternación mundial, a todo color y en tiempo real. Allí donde la tecnología -preciada gema de nuestra civilización- entra por los ojos a la mente y el corazón del televidente cautivo, con la franca desfachatez de la imagen enmarcada de gritos, advertencias, nombres anónimos y alaridos proferidos por gente aterrorizada corriendo, sin éxito, delante de una gigantesca y feroz nube de polvo que cubrió por entero la capital del mundo y dejó impresa en el inconsciente colectivo, un temor que todavía la humanidad no ha podido resolver.

La de hoy fue otra conmemoración de aquella barbarie. La del odio enquistado como una larva diabólica en la mente crédula y supersticiosa de una civilización cuyo centro es la palabra divina y el libro sagrado. Doctrina utilizada como excusa para darle razón a la locura. Porque el fanatismo, cualquiera sea su origen y representación, no es más que eso: la racionalización abortada de una locura. No importa que esta sea transitoria, como la de matar en defensa propia, allí el instinto de conservación -un reflejo condicionado en los  estratos más profundos y arcaicos del cerebro- anula el largo laberinto neuronal por el que viaja esa compleja elaboración de la conciencia que llamamos idea moral. Pero lo peor no está en la locura pertinaz del fanatismo religioso o ideológico, está en tomar durante la represalia, el camino racional contrario al de la moral y la ética del comportamiento civilizado -me  refiero al sentido de cultura humanitaria que aquel lleva implícito- lo peor para la democracia occidental es responder a la barbarie con otra barbarie mayor, como la mentira que justifique apuntar contra el enemigo equivocado. No se puede arrasar Roma por los pecados del César; ni se puede incendiar el Medio Oriente por la arrogancia típica de un puñado de fanáticos conservadores, con doctorado o sin el, que gobernaron a un desconocido Estados Unidos de América, como Atila gobernó Europa.

Facundo o civilización y barbarie fue la gran obra literaria de Domingo Faustino Sarmiento que revela, en el mediodía del siglo XIX, la otra cara de la civilización, ya no del fanatismo letrado que una religión mal interpretada puede provocar. En el Facundo aflora con toda su miseria la peor de las barbaries: la ignorancia. Cuando la América nuestra, recién daba a luz los primeros engendros nacidos de la noble Ilustración, los caudillos. Fueron los héroes de la independencia que a los sones de una igualdad fraterna y libertaria, con un incorregible hábito guerrero, quedaron sin conchabo. No hay ejército o pandilla más obediente y temible que la que no sabe leer ni escribir. Allá iban las masas aguerridas, ayer vivando a la patria y hoy: al Jefe. Como hacen las maras con el suyo.

En nuestra época, aquella dicotomía denunciada entonces por el padre de las aulas latinoamericanas, no existe. La barbarie ha penetrado en todos los estamentos y en todo lugar, ya no se salva la ciudad civilizada ni se condena solamente el atraso del campo bárbaro. El analfabetismo funcional tiene muchos grados y otras tantas absoluciones oficiales, puesto que no se le puede exigir a un empleado de banco lo mismo que a su gerente, ni a un maestro de párvulos lo que a un Ministro de Educación. Tampoco debiera exigírsele a éste lo que debiera hacer el presidente. Sin embargo la cruda realidad nos demuestra cada día que la barbarie vive y está al acecho. Para terminar con ella debemos volver a que en América nazcan uno, cientos, miles, millones de Sarmientos, que como los de la vid se reproduzcan y den, en nuestro país, frutos preciosos en lugar de fomentar nuevamente las uvas de la ira.

En 1943, durante la Conferencia Interamericana de Educación llevada a cabo en Panamá, el 11 de Septiembre, fecha del fallecimiento de Sarmiento, fue declarado Día del Maestro.

En una ocasión, cuando Sarmiento era inspector de escuelas antes de ser presidente en su Argentina natal, visitó un colegio rural al pie de los Andes. En su opinión los niños dominaban bastante bien, la geografía, la historia y las matemáticas pero no así la gramática, hecho que le hizo notar al maestro de la escuela inspeccionada. Éste le respondió que un signo de puntuación equivocado no era demasiado importante. ¿Ah no? exclamó Sarmiento mientras se dirigía al tablero. Allí escribió: El maestro dice, el inspector es un ignorante. El maestro, abochornado, aclaró que él no había dicho tal cosa. Sarmiento le respondió: Pues yo sí, y acto seguido cambiando y agregando otra coma hizo leer en voz alta la misma oración. El maestro, dice el inspector, es un ignorante.

Juan Carlos Ansin

jueves, 1 de septiembre de 2011

LA RAZÓN DE LA POBREZA

Este artículo se reedita por la gentil petición de la lectora Nancy Vanessa Jaén. Fue publicado en julio de 2007 en El Panamá América.

LA RAZÓN DE LA POBREZA

“Debemos comprender de una vez por todas que el destino de los poseedores está en manos de los desposeídos”. J Sachs
Existen conceptos que por repetidos se toman como ciertos. Los hay, que sin repetirlos, la fe del creyente los convierte en dogma o axioma. Tal es el caso de los fanatismos ideológicos. Su fe depende de lo que Savater define como el deseo de creer. Tiene fe el que desea creer en algo o en alguien. Pero no todo el que cree lo hace por la fe. También lo hace por la razón, como el científico y los filósofos que siguen la escuela racionalista. Otros hay que creen en el instinto o en las percepciones irracionales, metafísicas o psicológicas.

Aunque se halla muy cuestionada en los hechos, todavía predomina en muchos países, entre ellos el nuestro, la ideología neoliberal que cree a pie juntillas en la regulación infalible de las “leyes” del mercado y en su “mano invisible”, en el origen de la riqueza por la creatividad individual, la acumulación de capital y en el Estado empresarial como nodriza de negociantes (su ausencia sólo la piden los escasos liberales ortodoxos que quedaron extraviados después de la Revolución Industrial). Tampoco faltan quienes afirman que el crecimiento económico es el principal factor que reduce la pobreza.

Como me han enseñado desde la secundaria que para entablar una discusión hay primero que aclarar los términos, porque una palabra puede significar lo mismo o su contrario, voy a utilizar algunas definiciones que creo sencillas, prácticas y razonables.

El Dr. Julio Olivera, un economista experto en políticas económicas, comentaba hace ya algunos años en artículos para consumo popular que: “Un país puede crecer sin desarrollarse, crecer y desarrollarse sin progresar. Crecer, desarrollarse y progresar sin evolucionar”. Para aclarar más esto voy a permitirme copiar los términos allí citados.

Crecimiento económico es el aumento del PBI (Producto Bruto Interno) que se expande en el tiempo. Desarrollo económico es el aumento del PBI actual con  respecto al PBI potencial, también en función del tiempo. Progreso económico es el aumento de la percepción de bienestar social logrado por la satisfacción de las necesidades comunes de la población. Evolución económica es el cambio cualitativo en las estructuras básicas de producción (agrícola, industrial, de servicios, etc.).

Merrill Lynch y el Grupo Capgemini* publicaron un estudio en junio de 2006 sobre  el aumento de la riqueza del mundo durante el año 2004-2005. Allí se definen a los particulares con patrimonios elevados, como aquellos individuos que disponen de más de un millón de dólares en activos financieros líquidos (sin contar vivienda y consumibles). En el mundo los nuevos millonarios (NM) aumentaron en un 6,5 % hasta alcanzar 8,7 millones de personas que en conjunto poseen más de 33,3 billones de dólares (doce ceros a la derecha). La riqueza global en manos particulares creció por segundo año consecutivo en 8,5%. El incremento de ricos muy ricos (más de 30 millones de dólares de patrimonio) creció más aún, en 10,2% para alcanzar sólo a 85.400 individuos. Los países con mayor incremento fueron: Corea del Sur (21,3%), India (19,3%), Rusia (17,4%) y Sudáfrica (15,9%). Las regiones con mayor crecimiento de NM fueron: África (11,7%), Oriente Medio (9,8), América Latina (9,7%), Asia Pacífico (7,3%), América del Norte (6,9%) y Europa (4,5%).

En nuestra región el incremento anual de nuevos ricos fue de 9,7% con respecto al año anterior. En América Latina la proporción promedio de pobres absolutos (10%) y moderados (15%) no ha disminuido** significativamente en los últimos años.  Según el informe, Brasil se encuentra entre las diez naciones donde más ha aumentado el número de nuevos ricos.  Recordemos que ese mismo país con un coeficiente de distribución de Gini de casi 0,6 (malo)  en el 2004, necesitaba 10 años para reducir el número de pobres  a la mitad, que es el objetivo del Milenio acordado por 191 países (entre ellos Panamá) en la ONU. Mientras que Polonia, con un Gini de 0,3 (bueno) necesitaría 3 o 4 años para lograr el mismo resultado.

Esto quiere decir que con el aumento del crecimiento económico en países con mala distribución de su riqueza -como el nuestro, con un Gini de 0,47 en 2003- lo que se logra es el aumento de pocos ricos, aumento de muchos pobres y aumento de la brecha que separa ricos y pobres. En conclusión: es incorrecto o falso afirmar que en países con mala distribución de su riqueza el crecimiento económico reduce la pobreza o que produce progreso económico. Por el contrario, el crecimiento económico  invariablemente fomenta el aumento de  la concentración de la riqueza pues los pocos que más tienen son los que mas crecen. Un efecto que el estudio atribuye mayormente al aumento de la capitalización bursátil, es decir a la renta en la especulación financiera y al crecimiento del PBI.

En Panamá, aquellos que han logrado un merecido bienestar económico dentro del marco legal del sistema imperante, debieran fomentar la función social del capital así como la humanización del trabajo y la promoción global de la cultura del conocimiento, si es que en verdad se quiere evolucionar y crecer con progreso y desarrollo.


** El fin de la pobreza, Jeffrey Sachs, Random House Mondadori, 2006.





miércoles, 24 de agosto de 2011

A BORGES

PROFECÍA



                                 El bastón te dejará a un costado,
                                 Como si fueras su báculo de arena

                                 En el reloj, las agujas gastadas
                                 Marcarán las doce...apenas.

                                 Tal vez el filo de un verso grabe
                                 El apotegma, sobre la cruz
                                 Que indique, puntual, la fecha
                                 Del último duelo en Centenera.

                                 No será en Palermo. En Centenera.
                                 Dónde verás por fin los epitafios
                                 -lacónicas palabras que te nombran-
                                 Con las oscuras pupilas del bronce.

                                 Los labios de Ulrica, al recordarte,
                                 Se abrirán sobre la ansiada tumba
                                 Como un libro cansado de esperarte.

martes, 16 de agosto de 2011

AGUAPAN

Del cielo bajan punzadas
De finos cristales puros
Gotas de agua se clavan
En las entrañas vacías
Dolores de fina escama
Recamado de rubíes
Perla de gris esmaltado
Nenúfar en agua calma
Estanque de oscura noche
Llanto de hambre que vuelve
Entre laderas marchitas
Ruedan ecos de lamentos

En  ayunas y en silencio
Largas noches, llantos secos
Nace el sol detrás del cerro
Mientras la luna se muere
A su lado…sin saberlo

jueves, 4 de agosto de 2011

HAMBRE

Fija la luna.
Fijas las estrellas.
La noche está sola y brama.

Retumba el viento en el Valle,
Desbocado potro negro.

Azuza la noche y vuela
Galopando cuesta abajo,
Trueno que baja del monte
Con las pupilas tendidas,
Tintas en sangre y en ira.

Las estrellas ya no tiemblan,
Mientras la noche titila
A lo lejos alguien clama.

Noche de hambre y de estrellas,
De noche cabalga el hambre
Sobre la cuna del niño
En el potro desbocado
De negras pupilas yertas.

Juan Carlos Ansin
Poema escrito en El Valle de Antón.


miércoles, 27 de julio de 2011

¿EN QUÉ ESQUINA TE ENCUENTRO BUENOS AIRES?

¿En qué esquina te encuentro, Buenos Aires?...
¿En qué esquina te encuentro?
Ya no existe Corrientes y Esmeralda
No están solos, ni esperan los porteños.
Seguro estoy de hallarte donde sea
En Núñez o en Palermo,
En las casas de patios con jazmines
Y en los nuevos y altivos rascacielos,
O en la última esquina sin ochavas
De un San Telmo sin negros.

¿En qué esquina te encuentro, Buenos Aires?...
En Callao y Quintana, - mundo ajeno -
Tal vez en Mataderos, en la esquina
Adonde junta leguas “el resero”,
O cerca de la estatua de Florencio,
O rumbo del Abasto por Salguero,
Donde anduvo Gardel, silbando tangos
Que aguantaron el tiempo,
Y algunos que no oí...
Porque murieron.

¿En qué esquina te encuentro, Buenos Aires?...
¿En qué esquina te encuentro?
En la esquina de Sábato y Pichuco
O en la esquina de Borges y Carriego.
Estás en todas, todas las esquinas
Del arrabal y el centro,
En las verdes Barrancas de Belgrano
Y estás en las riberas del Riachuelo,
Cuyas aguas oscuras van diciendo:
Juan de Dios Filiberto...

Autor: Florencio Escardó, alias Piolín de Macramé.
Poeta, literato y pensador.
Médico Pediatra.
Profesor de Medicina.
Porteño Notable.

lunes, 18 de julio de 2011

ÍTACA


Cuando salgas de viaje para Ítaca
Desea que el camino sea largo,
Colmado de aventuras,
Colmado de experiencias.
A los lestrigones, a los cíclopes
Y al irascible Poseidón, no temas,
Pues nunca encuentros tales tendrás en tu camino,
Si tu pensamiento se mantiene alto
Si una exquisita emoción te toca cuerpo y alma,
A los lestrigones y a los cíclopes,
Ni al fiero Poseidón encontrarás,
A no ser que los lleves ya en tu alma,
A no ser que tu alma los ponga frente a ti.
Desea que el camino sea largo,
Que sean muchas las mañanas del estío 
En que, con enorme placer,
Entres, por vez primera,
En puertos desconocidos
Detente en los mercados fenicios,
Adquiere allí bellas mercancías,
Madreperlas y nácares, ébanos y ámbares
Y variados perfumes voluptuosos.
Luego vete a Egipto y en sus ciudades,
Aprende de los sabios.
Pero mantén siempre a Ítaca en tu mente
Llegar allí es tu destino.
No tengas prisas en el viaje,
Es mejor que dure muchos años
Y que viejo al fin, arribes a la isla.
Rico por las ganancias de tu viaje
Sin esperar que Ítaca te ofrezca nada.
Ítaca te ha dado un viaje hermoso
Sin ella no te habrías puesto en marcha.
Pero ya no tiene más nada que ofrecer.
Aunque la encuentres pobre,
Ítaca de ti no se ha burlado.
Convertido en sabio y con tanta experiencia acumulada
Habrás comprendido el significado de las Ítacas.

Constantino Kavafis
Alejandría (1863-1933)

lunes, 11 de julio de 2011

EL ARROYO OTOÑAL

Del Libro de Kenneth Rexroth y Ling Cheng,EL BARCO DE LAS ORQUÍDEAS, una antología histórica de las poetisas de China, deseo compartir estas palabras perfumadas que han trascendido los siglos.

El arroyo otoñal
Se ha vuelto cristalino últimamente
Y al deslizarse como una cinta de humo
Suena como una cítara de diez cuerdas
El sonido penetra en mi almohada
Y me hace pensar en amores pasados.
La melancolía no me deja conciliar el sueño.

Hsüeh T’ao (768-831)

martes, 5 de julio de 2011

EL CINISMO COMO IDEOLOGÍA

Debo al invierno del trópico, a la Internet y a la generosa amistad de quienes me lo obsequiaron, el haberme topado con un autor, hasta entonces para mí, desconocido. El libro se titula Crítica de la razón cínica y su autor, un filósofo alemán tétricamente llamado, Peter Sloterdijk. Es un texto de 765 páginas, dividido en dos partes de cuatro capítulos extraordinariamente densos, originalmente escrito en alemán y supongo, por la salerosa traducción al castellano de España, en ese estilo hermético con el cual los pensadores posmodernos suelen describir un helado de chocolate partiendo por los orígenes del cacao y terminando por la vaca que aportó la leche.

Obviamente mi primera impresión era que se trataba de una obra montada en forma similar a lo que hizo Kant con el pensamiento científico en su Crítica de la razón pura. En eso no me equivoqué y si andaba buscando un texto que abarcara de una pieza el relativismo filosófico posmoderno, por fin lo había hallado. Lo sorprendente no ha sido la sorpresa de sus opiniones sobre los sobacos ilustrados posteriores al siglo XVIII, sino el rescate de un filósofo que la filosofía no había tomado muy en serio hasta ahora. Se trata de Diógenes de Sínope, más conocido por su apodo canino, el Perro. En griego perro es kynós latinizado cynicus y llevado al castellano: cínico, de allí el origen perruno de la palabra. Los puristas a quienes el cinismo incomoda y ciertamente, no por casualidad, han sido los señores del establishment tanto de la Vieja Atenas como de la Nueva York, ellos lo niegan, aduciendo con elegancia hiperbólica que el fundador de la escuela, Antístenes se reunía junto a sus discípulos en el gimnasio de Kynosarges. Suceso no muy distinto a lo que el vulgo ha hecho sentenciar a la Real Academia de la lengua, que fija y da esplendor. Fijando aquí sólo la forma de la vida impúdica del filósofo y no el esplendor de su pensamiento.

Diógenes el Cínico vivió en Grecia circa 322 a.C. Vagabundo, desprejuiciado, brillante crítico social, pensador original y a contracorriente de los grandes de su época, la gente de la calle lo tenía por un “Sócrates loco”. De su pensamiento tan solo quedan anécdotas sueltas y alguna biografía incompleta escrita por su tocayo Diógenes Laercio. Para comprender la conducta o la forma de pensar de una persona hay que conocer algo de su vida y en la de Diógenes hay varios puntos que el predecesor de Freud, William Shakespeare, hubiera rescatado del olvido e impulsado al desprecio de lo fatuo y del antropocentrismo que desde los orígenes grecolatinos han perturbado a la humanidad, del mismo modo que hizo con la duda metódica en Hamlet o con la adicción por el poder político en Macbeth. El padre de Diógenes era un acaudalado señor que se dedicó a falsificar monedas y contrario a la justicia moderna, fue preso. Como todo niño Diógenes quiso imitar al padre y en cuanto tuvo control de su razón se dedicó a falsificar las creencias y costumbres de su época, era el tiempo de la decadencia ateniense y el inicio del helenismo creado por el naciente imperio macedónico. Diógenes fue el creador de una forma de pensar que ha durado tanto o más que la socrática, platónica y aristotélica, impregnó al primer cristianismo, para el cual, para ser feliz solo se necesitaba ser inteligente y despreciar la riqueza y el poder. El advenimiento del pragmatismo puritano y su descendencia opinó lo contrario, para ser feliz se debe ser rico, creyente y lento de sesera, para estos, la ortodoxia cínica, ha quedado relegada a algunos países de la Vieja Europa. En su época, la de Diógenes, carecer de esclavo era un signo social denigrante y cuando de su Beocia natal se dirigía a Atenas se le fugó el suyo. Alguien le recriminó por qué no lo iba a buscar, a lo que respondió: “Yo puedo muy bien vivir sin él, pero desgraciadamente él sin Diógenes no podrá ir demasiado lejos”. Como demuestra la anécdota, citada por Laercio, Diógenes, contrario a los campeones de la democracia griega, estaba en contra de la esclavitud. Despreciaba la moda, las joyas y las normas sociales. Aunque no se ajuste a la realidad histórica, se dice que vivía metido en un tonel y acostumbraba hacer sus necesidades fisiológicas y sexuales en público. No por desequilibrado, sino como una bofetada hacia los prejuicios sociales de entonces, que como los de hoy, nunca faltan y siempre sobran. En cuanto a su opinión sobre los hombres y sus valores se había adelantado varios siglos a los escépticos de la Stoa. Es conocido el hecho que a plena luz del día encendió una linterna y buscaba por las calles de Atenas, al preguntársele qué hacía, respondió: “Busco hombres”. En otra ocasión gritó: “¡Hombres, hombres, venid a mí!” y cuando se le acercaron, los apaleó con su báculo diciendo: “Dije hombres… no animales”. Esto hoy día no causaría demasiada sorpresa, pero en aquellos tiempos el hombre era el centro del universo, dueño y señor de cuanto existía en los cielos y en la tierra. Diógenes fue de los primeros en dudar de los demás, tanto como de sí mismo y quizá sin quererlo dio a la humanidad un legado que no intuyeron pensadores más famosos. Cuando se le preguntó cuál era su patria respondió que era ciudadano del cosmos, de allí el origen de cosmopolita. Tal vez lo que en realidad quiso decir, era que el conocimiento no tiene fronteras y que el hombre libre no deja de ser, en cierto modo, un extranjero. Tal vez su anécdota más famosa es la respuesta a su renombrado admirador: Alejandro Magno, cuando el macedonio le preguntara qué cosa era la que más deseaba en el mundo, el sabio le pidió que se apartara, pues le tapaba la luz del sol.

Peter S., el autor citado al inicio, analiza las consecuencias de esa actitud, la cual se aplica tanto al macedonio como a quienes hoy gobiernan el mundo: “ Tal y como la anécdota de Alejandro pone de manifiesto la posición del filósofo con relación al poderoso y al insaciable, el episodio de la linterna, ilustra su posición frente a los ciudadanos atenienses…Visto así Diógenes sería ciertamente el filósofo más filantrópico de nuestra tradición: popular, sensible, exótico y plebeyo; hasta cierto punto, el gran payaso de la antigüedad…pero ya Laercio acentúa que en su talento para mostrar desprecio, existe una señal segura de su excitación critico-moral… Si el auténtico hombre es aquel que sigue siendo señor de sus deseos y vive racionalmente, en armonía con la naturaleza, entonces es obvio que el hombre social urbanizado es el que se comporta irracional e inhumanamente. De hecho necesita de la luz del filósofo, incluso de día, para orientarse en el mundo.” De modo que este tipo de razonamiento le cabe también al movimiento de los indignados que por el mundo abundan. El cinismo no es pues sinónimo de hipocresía, es ésta la que viste al cínico con su propio sayo.

miércoles, 15 de junio de 2011

DEL GÉNERO Y LA GRAMÁTICA

«En sauili existen alrededor de diez géneros, pero él y ella se escriben igual: yeye» (Diccionario de la lengua bantú).

HACE UNOS días recibí un correo firmado por un honorable legislador que comenzaba así: «Querid@s amig@s, conciudadan@s y panameñ@ tod@s...». Antes que la Asamblea Legislativa propusiera la Ley del Mes de las Sagradas Escrituras otros diputados, que entonces se llamaban legisladores, propusieron otra ley, la de la gramática de género, creo que limitada a los escritos judiciales, con el objeto de cumplir con el «espíritu» de los artículos 19 y 35 de la Constitución, que prohíben la discriminación por sexo, nacionalidad, ideas y también por creencias religiosas (aunque nada dice del derecho de los ateos; según me han explicado, lo que no está en la ley no existe, lo cual concuerda perfectamente con el principio fundamental de esta creencia).

La siempre bien recordada profesora Elsie Alvarado de Ricord (q.e.p.d.) a la sazón presidenta de la Academia Panameña de la Lengua, trató en esa ocasión, por todos los medios, de explicarle a la electa concurrencia apoltronada en sus curules, que la arroba era un símbolo de medida y no formaba parte del abecedario castellano y que en este idioma (el nuestro) y también en el oficial, sólo existían tres géneros: el masculino, el femenino y el neutro. Recuerdo muy bien las risitas y las miradas de soslayo que a los picarones les había incitado el género neutro.

No sé cómo quedó ese acoso gramatical. Por ahora, hasta donde tengo entendido, el nuevo Código Penal no lo sanciona; al menos no con prisión o multa, pero bien pudiera suceder que a los infractores los condenen a leer. Analizando mejor la idea, pudiera ser que, por ejemplo, por una falta menor, como escribir queridos sin arroba, le den al reo como castigo la lectura de un cuento, con la salvedad que en caso de tener el reo o la rea, recursos, padrinos y otros atenuantes, la condena sería tan breve como el célebre cuento de Monterroso y tal vez hasta pudiera ser leído a domicilio. De lo contrario estarían condenados a leer Edipo Rey.

Aunque lo he comprendido demasiado tarde, una cosa es hablar en una lengua o lo que uno cree que es una lengua, y otra muy distinta es escribir en un idioma, al menos esa es la diferencia de la raíz etimológica que se escoja, ya sea en latín o en griego. Idioma, en este último, es sinónimo de propiedad privada.

La lengua castellana es tan rica, sonora, melodiosa y clara que nadie la puede dominar en su totalidad, ni los académicos, ni los grandes escritores. Aunque haya quienes crean que les queda chica e inventen absurdos como esta gramática reproducida por orden judicial.

Aclaro que utilizo el término de lengua castellana, porque el español es un idioma adoptado oficialmente por la RAE a partir de 1924 y no por el uso popular, como lo fue el de Castilla. Además de ser el castellano el nombre que el gobierno español le da al idioma oficial, para diferenciarlo de las otras lenguas de España. De tal modo que cuando el Rey habla ante las Cortes, el español que utiliza será registrado en los documentos oficiales como castellano, aunque la prensa afirme que fue dicho en español.

Desde la revolución del género feminista por el voto, el principio de igual salario por igual trabajo se va cumpliendo con exasperante lentitud para honra y prez de los hombres perversos, misóginos, inseguros, infieles, abusadores, celosos, autoritarios, sexópatas, aburridos, belicosos y obsesivos del poder, los ramalazos de aquel destape me recuerdan el de las españolas después de morirse Franco y con él las prohibiciones del uso del biquini y la lectura de Lolita.

De modo que las mujeres no debieran preocuparse tanto por cómo las trata el idioma, de lo que deben cuidarse es de la lengua de sus congéneres y no tanto la de los machos, porque ya no quedan muchos. Con tanto suicidio inmolado, son pocos los que hay. Tamaña distorsión del mercado masculino debe ser por la redacción agenérica de los TLC y de las salvaguardas que los países puros les imponen a los países pecadores.

En el Prólogo para la Mayoría, en su relato: Una novela que comienza, Macedonio Fernández escribió con acerado y filoso estilo, el siguiente párrafo: «Entienda usted señor, que un caballero no debe tener perdidas de vista dos damas a un mismo tiempo. Galantemente no se entenderá nunca, al menos que busque a una como única, aunque sea después de extraviársele la otra. La búsqueda de dos, rinde menos que una dama. O quizá, concluyó este señor, que siendo dos se acierta más con una que sea tonta. Pero ya sólo queda una en treinta, aunque en amores, haya casi tres tontos en dos varones, si no fuera por los rezongos de la Aritmética».

Finalmente no hay que dejar de lado la lingüística, que trata del psicoanálisis de las palabras. Género, proviene del latín y quiere decir clase o tipo. Diferenciar el género de las personas por el sexo es harto difícil si excluimos los caracteres anatómicos, que son los más distinguidos y en general tienen nombre propio y muchos apodos. Con el avance de la ciencia, el sexo cromosómico se ha complicado algo más, pero mucho menos que el sexo psicológico, donde la gama se asemeja a un cuadro abstracto visto por cualquiera de sus lados, cuando los haya. Es aquí donde nos faltan palabras precisas y se hace necesario el extraordinario recurso del género neutro, cuyo único problema sería el tener que tratar a las personas como a cosas, a menos que, sabiamente, los señores legisladores decidan cambiar la arroba por el sauili.

Publicado 06/08/2007 Juan Carlos Ansin
El Panamá América
Lunes, 6 de agosto del 2007

lunes, 30 de mayo de 2011

LAS PALABRAS DEL DEMONIO

Hay palabras que definen con precisión los más intrincados pensamientos y aclaran las controversias más difíciles. También las hay endemoniadas. Tuve la feliz oportunidad - escasa en esta época de debates crispados- de presenciar una de las disertaciones más interesantes de los últimos tiempos. No porque se dijeran cosas muy novedosas o se esgrimieran nuevas teorías sobre el tema, sino por las circunstancias que lo rodearon y sobre todo, por la majestad con que la vana inteligencia cae vencida ante la humildad cultural de dos disertantes dispuestos a encontrar una luz en el camino, aún frente a sus más abismales diferencias, irreconciliables, según lo manifestara el presidente Barak Obama en su discurso de graduación en la Universidad de Notre Dame.

La prestigiosa universidad católica invitó al Presidente y lo distinguió con un título honorario. Ambas distinciones fueron rechazadas vigorosamente por un grupo minoritario, antagónico con la conocida posición de Obama como defensor de la investigación con células embrionarias y por su concepción “pro choice”, queriendo decir esto que se favorece la decisión de la mujer que, bajo ciertas circunstancias, escoge interrumpir su embarazo. La vertiente opuesta de esa universidad, “pro life”, considera al aborto como la interrupción de una vida humana. En medio de esta tumultuosa controversia se desarrolló la solemne ceremonia, no exenta de protestas y altercados, porque tanto en los vagos términos “pro choice” como “pro life”, el diablo metió la cola.

Esa noche pude disfrutar las maravillas que hace el espíritu humano cuando es capaz de exorcizar al demonio de las palabras. Como yo creo que el demonio somos nosotros y Dios no está en el cielo, sino dentro de cada uno, y a uno lo llamamos Mal y al otro Bien, la gente, mal que bien, vive su vida como puede, pero nunca falta quien quiera imponernos su ideología o su creencia. Son los que ven la vida en blanco y negro, sin matices ni colores. Caminan siempre por la misma trocha, nunca dudan, ni disfrutan de la diversidad del paisaje, pues viven sometidos a las ideas ajenas. Piensan en dogmas y leyes y actúan como robots. Son duros y predecibles como una piedra y dueños de un pensamiento único.

El padre Jenkings, rector de Notre Dame, dirigiéndose a los manifestantes les respondía así a los críticos de Barak Obama: “Lo que debemos valorar no es si debimos o no homanejear al Presidente, sino que el Presidente, conociendo las discrepancias, haya aceptado venir” y recalcó: “Más que ningún otro problema en las ciencias y en las artes, el supremo desafío consiste en facilitar las discusiones que dividen a los seres humanos”. A su turno, Obama dijo: “Cuando abrimos nuestros corazones y nuestra mente a quienes precisamente no piensan ni creen como nosotros, allí es cuando se abre la posibilidad de encontrar un terreno común donde lograr acuerdos”.

Yo también creo que para lograr entre nosotros una feliz convivencia debe existir el diálogo entre los evangelios y la cultura. Entre el conocimiento y la ética. Un diálogo donde no hayamos metido el demonio en las palabras.

lunes, 9 de mayo de 2011

QUÉ LE DEBE LA CIENCIA A LA FILOSOFÍA

Según Gerald Holton, el 7% de la población estadounidense no sabe qué es la ciencia y el 13 % no comprende cómo funciona. Ante tamaña noticia no caben dudas de la urgente necesidad de explicar a nuestros niños y jóvenes y ¿por qué no? al resto de la sociedad, sobre qué es la ciencia y cómo funciona.

No existe una definición clara, como tampoco se admite que haya una sola ciencia, sino tantas como problemas se presenten en los diferentes sistemas. De modo que, entendida como tratado, el estudio aplicado a la materia conforma una ciencia física, si se trata de un sistema de ideas, diremos que es una ciencia humanística o filosófica y sería una ciencia biológica si trata de seres vivos.

Lo que diferencia a la ciencia física de las ciencias humanísticas, aparte del sistema que le atañe, es que sus conclusiones no son absolutas ni eternas y la mayoría son potencialmente refutables. En cambio las ciencias humanas carecen de una metodología rigurosa y sus leyes, si las hay, son principios convencionales con conclusiones basadas más en opiniones de la autoridad que la emite, que en la comprobación verificable de sus fuentes. El filósofo alemán Hans Gadamer admite que la verdad está íntimamente ligada al método utilizado y advierte que la interpretación de datos y conclusiones, deben evitar las arbitrariedades de los hábitos mentales. Nexo inextricable entre la ciencia y la filosofía.

La filosofía como disciplina argumental, no tiene un límite temático, todo le pertenece, porque ningún problema humano le es ajeno. Tal vez por ello ha sido considerada como la ciencia humanística por excelencia, de la que derivan todas las demás, incluso la ciencia física, a la que debiera considerarse como filosofía aplicada, del mismo modo que a la tecnología se la considera como ciencia aplicada. La rama de la filosofía que se encarga de estudiar el conocimiento científico, esto es, el entendimiento sobre la estructura y funcionamiento de la ciencia y sus métodos, es la epistemología, que no debiera confundirse con la doxología, la teoría general del conocimiento.

Se dice que toda ciencia depende de sus métodos y éstos de las conclusiones filosóficas nacidas de la razón lógica, aunque el concepto científico inicial parta de una conjetura o hipótesis observacional o de una idea intuitiva o de la imaginación. El desarrollo de la teoría responde a dos líneas lógicas, la del método inductivo donde desde los hechos observados se formulan leyes generales cuyo contenido abarca más que las premisas que la formulan, lo cual origina un campo de conocimiento mayor y progresivo. El otro es el método deductivo que parte de leyes conocidas y de ellas se infieren conclusiones particulares, específicas y determinadas pero que no producen nuevos conocimientos, sino una mayor certeza y profundidad de la teoría original. Observar que los objetos caen permitió inferir la teoría gravitacional universal. Pero al comprobar que los objetos en movimiento en el espacio soportaban fuerzas gravitacionales distintas permitió profundizar y modificar esa Ley.

Las conclusiones científicas son distintas de las humanísticas. La certeza científica es una correspondencia consensuada con la realidad percibida. Las creencias humanas, afirmadas en el dogma, son la aceptación de una verdad que no puede ser refutada jamás, si así fuera, dejaría de ser dogma. De modo que la ciencia se fundamenta en la interpretación metódica de conceptos, palabras, signos y símbolos, y es debido a esa hermenéutica empírica que la ciencia le debe a la filosofía su propia existencia, su razón de ser y su porvenir. Si la ciencia prescindiera de la filosofía, sucedería lo mismo que le ocurre al hombre cuando pierde la razón. Se convertiría en un método anárquico cuyo producto final sería un conocimiento alienado y sin sentido. Y el mundo, en un mundo orweliano.

lunes, 25 de abril de 2011

EL MUNDO DE MARIO

Como si no faltara materia, en Argentina se ha desatado otra polémica, una más en un país que polemiza hasta con su sombra. Mario Vargas Llosa fue invitado por los organizadores de la Feria del Libro de Buenos Aires a su inauguración. Un grupo de intelectuales aborígenes consideró que este ciudadano español nacido en Perú y residente en Londres, París o Madrid, que ha escrito en acicalado castellano la prosa más versátil que el boom latinoamericano ha dado al mundo globalizado, no era decían, el personaje adecuado.

Las razones no fueron literarias, las que el mundo le reconoce a Vargas Llosa, sino por las ideas políticas de Mario, que desde la izquierda romántica pasó al liberalismo utópico actual. Ideologías que, el tiempo ha demostrado, son tan tramposas como la juventud y tan descarnadas como la vejez de los hombres. El error de sus detractores consistió en no promover un debate público, arma formidable de ambas dialécticas, que estos intelectuales kafkianos olvidaron por escribir con el cuchillo entre los dientes. En cambio se limitaron a borrar a Mario del programa. Por suerte, la señora presidenta quitó de un plumazo los puntos sobre las íes y escribió: ¡Yes! Mario va, aunque a mí no me quiera.

Sus contrincantes se rectificaron tardía y tontamente. Ya la guerra fue avisada y el peruano parlanchín ha sacado ventaja, sabe cómo y a quién atacar, además de los pingües beneficios que tal promoción le reditúa tanto al bolsillo como al culto de su personalidad, en un mundo –el de Mario- donde los ideales viven acosados por el cinismo utilitario de moda, que los iluminados, chuecos o ambidiestros, defienden ciegamente.

Los autores de la izquierda faisandé (*), apegados a la literatura comprometida del siglo XX, no le van a perdonar a Mario su transfuguismo político. Tal vez porque en la larga experiencia de los dogmas, no existe fanatismo peor que el de los conversos. El mundo socialista que Vargas Llosa defendió en su juventud, se fundió como los reactores nucleares de Fukushima: desde adentro. Pero el mundo donde Mario vive ahora, no es aquel de Vargas Llosa. Es el de la aldea global, el de la gente que reniega de sus raíces para ser una mustia flor errante. Una más entre las masas flotantes, que por el mundo fluyen en busca de pan y justicia y en cambio reciben floridos discursos sobre la libertad en tiempos del realismo fantástico. Mientras en Macondo, cada hijo nace más endeudado que sus padres y donde para competir por un empleo en negro se exige diploma, menos para gobernar. Una libertad mentirosa, que nos empieza a vapulear desde la teta materna, pasa por la justicia selectiva y termina con políticos fracasados dando cátedra de cómo debemos ser gobernados.

En ese mundo fariseo, el de Mario, donde la lucha por la libertad se funde con el derecho comercial, y donde el individuo prevalece sobre la sociedad que lo premia; en el mundo antitético de Mario, el que Vargas Llosa olvidó, no cabe el mundo real, el de la angustia existencial, el del Ser y la Nada. La libertad de la que nos habla don Mario, como el amor y la felicidad, son conquistas de una lucha perpetua con el lobo con piel de oveja que todos llevamos dentro. Y con el de Mario.

(*) Faisandé: carne de caza madurada a punto de pudrirse.

martes, 19 de abril de 2011

¡BASTA DE MACANAS!

He leído el libro del periodista Andrés Oppenheimer titulado ¡Basta de historias! Se trata de una encomiable crónica sobre la educación en América Latina comparada con un grupo de países como China, India, Singapur y otros “de diferentes colores políticos, pero que -cada uno a su manera- han logrado mejorar sus niveles educativos y reducir dramáticamente la pobreza” (sic).

El libro apunta a cambiar de dirección en las metas de la enseñanza teniendo en cuenta “la nueva era de la economía del conocimiento”. Novedad tan vieja como la humanidad, pues el conocimiento, como el poder, nunca estuvo alejado del dinero. Su autor enfatiza en la formación científica. Para ello entrevistó a distintas autoridades de instituciones educativas, así como al Presidente Obama, al premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz y a Bill Gates. No recuerdo que haya entrevistado a algún pedagogo notable. Su crítica se extiende a las carreras humanísticas, como Filosofía e Historia y extrapola, con llamativa ligereza, que los latinoamericanos, atosigados por nuestro pasado, miramos para atrás y no hacia el futuro. ¿Qué sería de Barak Obama sin Martin Luter King? ¿Qué de la ciencia sin la epistemología?

Escrutar el futuro sin conocer el pasado es propio de adivinos, augures y nigromantes. Sobre todo si se descarta de plano la importancia de la filosofía en la adquisición del conocimiento científico y en la argumentación crítica de cualquier propuesta emitida como verdadera. Gran parte del libro revela una visión muy personal de nuestra historia política y, paradójicamente, hace una apología del pragmatismo filosófico estadounidense aplicado a la educación. Como si esta fuera una herramienta destinada sólo al servicio de la economía y no al desarrollo integral del ser humano. Tal y como el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo afirma al declarar que la verdadera riqueza de las naciones está en su gente. Esta visión de la economía del conocimiento aplicada a la tecnología, no dista mucho del neocapitalismo que pretende someter la cultura bajo una forma de individualismo mercantil camuflado como política educativa falsamente democrática y progresista.

El libro carece de rigor académico y de objetividad y le sobra curiosidad personal, no quiero con esto desmeritar el valor que tienen las propuestas de este turismo educativo periodístico, aunque para el lector medianamente informado no ofrezca demasiadas novedades. Excepto que la información está bien recopilada en un libro escrito con prosa sencilla y legible.

lunes, 11 de abril de 2011

EDUCACIÓN Y SOCIEDAD

“La verdadera riqueza de las naciones es su gente”.
PNUD: Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

Creo que nunca se ha abordado el tema educativo con tanto afán como en la actualidad. Cada país adopta su propio programa pedagógico de acuerdo a sus necesidades, pero algunos autores analizan esto con criterios políticos y económicos. Citan estadísticas de países asiáticos cuyo crecimiento económico se correlaciona con su avance tecnológico, pero ignoran otros aspectos del desarrollo humano en esas sociedades. También critican, con cierta ligereza, el excesivo énfasis que en América Latina se hace en la enseñanza de disciplinas humanísticas. Como si la ciencia y la tecnología no tuvieran un pasado que alimente su progreso, o como si la historia no fuera una forma de prevenirnos sobre los males del futuro. Desde luego, es tan peligroso crear filósofos, historiadores y psicólogos desinteresados en la ciencia, como formar científicos que no sepan quiénes son o a dónde van.

La negación del pasado y el desprecio por el conocimiento humanístico es producto de la miopía mercantilista de la cultura de nuestro tiempo. Una cultura que educa para tener más y no para ser mejor. Entender el progreso social como el éxito económico, sin tener en cuenta los demás valores culturales, es desvirtuar el objetivo esencial de la educación, que es lograr un ser humano superior, realizado en sus expectativas, en lugar de un ente consumidor de “gadgets” o un avaro acaparador de bienes.

Los países con gran desarrollo económico y científico no necesariamente tienen un Índice de Desarrollo Humano (IDH) mayor que otros cuya cultura les exija metas más adecuadas a su circunstancia. Según el PNUD, Noruega es el país con mayor desarrollo humano del mundo, le siguen Australia y Nueva Zelandia. El IDH contempla no sólo el PBI, sino el acceso a educación y salud, la desigualdad social y de género y el índice de pobreza multidimensional. No sorprende, pues, que haya países ricos con pobre desarrollo humano. En Estados Unidos cerca del 15% de la población carece de cobertura médica. Su sistema educativo también está en crisis.

Como la Historia nos enseña, el mal uso del conocimiento científico en sociedades que ignoraron su pasado o desconocieron la personalidad psicopática de sus dirigentes e intelectuales, terminaron en tiranías y genocidios espantosos. Si los valores culturales de la sociedad donde nos educamos no progresan en armonía con su desarrollo económico, es inútil pretender el éxito de cualquier sistema educativo. En última instancia, el éxito o el fracaso de la educación depende más de los valores humanos de la sociedad cuyos conocimientos demanda y consume, que de las teorías pedagógicas que se apliquen.

Una sociedad de escasa cultura, con débil capacidad autocrítica y que ignora su pasado o no sueñe con un futuro mejor, no puede aspirar a una educación fructífera, por más que un genio excepcional logre, con su habilidad, ponerla en el primer puesto del escalafón mundial.

lunes, 4 de abril de 2011

VIAJE HACIA UN MUNDO SINCRÉTICO

“No hay una ciencia única. Hay una confederación de ciencias para explicar fenómenos distintos". Stephen Toulmin (1922-2009).


Vivimos en el mismo espacio-tiempo de un universo donde coexisten dos mundos, el racional y el intuitivo. El racional está regido por el pensamiento causal. Todo tiene allí una causa y cada causa su efecto. Es un sistema del paradigma lineal, propio del conocimiento científico. Un mundo en el que la ciencia se basa en el método experimental inductivo, el de Bacon, donde los hechos observados inducen leyes universales. Este método y el inverso, el deductivo de Descartes, son aspectos de una misma lógica bidireccional. Así, para Bacon, las leyes de la naturaleza le son reveladas al intelecto. Kant afirma lo contrario, que el intelecto es el que le impone leyes a la naturaleza.

Sobre esta disyuntiva asoma el otro mundo, el que se refleja en el espejo de esa realidad tangible, que se toca y se mide. Este otro pertenece a una realidad intangible, que se intuye o se infiere. Todo objeto posee una imagen, pero no toda imagen corresponde a un objeto. Ese mundo de la imagen, es el de la realidad virtual, creada por el hombre, no por la naturaleza, sino por el conocimiento, que a medida que progresa la transforma y somete originando nuevas realidades, según la interpretación del observador que la perciba, la descubra o la invente, creando leyes o estableciendo símbolos.

Mi mundo está conformado de distintas realidades asimiladas. El de las cosas mensurables y las inconmensurables: el newtoniano y el cuántico. El tangible y el virtual. El percibido por la intuición que pasa a ser descubierto por la razón. Intuición que es al mundo irracional lo que la lógica es al mundo racional. Ambos están contenidos en el universo de la imaginación, de los deseos y los afectos. El de la inteligencia emocional.

El progreso escalonado del conocimiento humano se basa en conjeturas (hipótesis) donde cada nuevo conocimiento va despojándose de su propia incertidumbre (Popper) o la elimina y sustituye por otra más certera (Kuhn). La incertidumbre es la materia prima de lo desconocido. Cuanta menos incertidumbre tengamos, mayor será nuestra paz mental. Creo que la verdad absoluta o inconcusa, la que no admite gradación ni incertidumbre, corresponde al campo dogmático de la teología y de las ciencias formales: de las matemáticas y la lógica. Tres productos de la inteligencia que no existen en el mundo tangible, pero que sirven para lo que fueron creados: como un método para entenderlo.

En el campo de la incertidumbre, la certeza sólo hace plausible, es decir, sólo acepta la probabilidad estadística. De modo tal que todo conocimiento tiene grados de certidumbre, el mismo Popper lo admite, y es a lo único que en el mundo sincrético, el del objeto y su reflejo, podemos aspirar a conocer con menor o mayor certeza. Aunque con ello aumenten las conjeturas, pues el conocimiento se expande, como el universo, desechando unas y aceptando otras.

martes, 29 de marzo de 2011

EL PUNTO OMEGA

El progreso del conocimiento ha ido evolucionando de la mano de la ciencia y la tecnología, herramientas que la frágil responsabilidad humana ha utilizado para bien y para mal. Todo avance científico está sujeto a retroceso cuando es utilizado para lo que no se debe.

Quienes empuñan la bandera de la autonomía del pensamiento, se empeñan, basados en sus creencias, en atacar las creencias de los otros. Si se debe respetar la libertad de pensamiento, también debemos respetar la libertad de creer en lo que se quiera, siempre y cuando sus doctrinas no sean dañinas ni sean utilizadas para cercenar otros derechos y libertades. No es científico, ni se tiene mentalidad científica, cuando a priori se niega aquello que no se conoce o porque tales afirmaciones no sigan los mismos métodos de investigación o no obedezcan a las mismas leyes. Sirvan de ejemplo dos campos científicos en pleno desarrollo: el método y las leyes particulares aplicadas a la física cuántica y la enorme plasticidad del cerebro humano en los inconmensurables procesos bioquímicos mentales que dan origen al pensamiento.

Para unos la fertilización de un óvulo por un espermatozoide lleva implícita la creación de un ser humano, otros creen que el ser humano es más complejo que ese circunstancial evento biológico; ambas consideraciones deben ser respetas y la ley a aplicarse debiera contemplar las consecuencias naturales derivadas de tales convicciones, permitiendo a cada uno de sus seguidores acometer las acciones que, libremente, en forma justa y responsable decidan.

Los griegos son considerados los padres de la filosofía, pero revelan que su sabiduría bebió de otras fuentes. Según Fischl, el judío Filón dice que los griegos le robaron a Moisés esa sabiduría. Y esta opinión fue aceptada también por la Iglesia. Esto obligó luego a deslindar los atributos de la religión que precedieron a la filosofía y a la ciencia tal como las conocemos ahora.

Como resultado de esta vieja dialéctica antitética, los creyentes intentan apropiarse para sí de los descubrimientos científicos y los científicos pretenden minar las bases dogmáticas de la fe. Quien resume con profunda lucidez la indiscutible realidad de esta evolución existencial ha sido un científico y filósofo francés, injustamente olvidado por el autoritarismo dogmático de la Iglesia a la que perteneció y por el cientificismo ultraracionalista que no lo comprendió a cabalidad. Se trata del jesuita Teilhard de Chardin. Evolucionista que consideró al tiempo como cuarta dimensión, donde el cambio es lo trascendente y el estatismo lo intrascendente. Para él no sólo existe una evolución en el campo de la biología, sino también en la vida y en el pensamiento. Todo tiende a mayores niveles de complejidad y de conciencia. Hasta que se llega a un punto donde se condensan todas las conciencias en una sola reflexión que reúne todos los pensamientos individuales y extrae de ellos la conciencia primitiva común. El atávico Punto Omega del pensamiento universal que todo ser humano lleva dentro. Un punto por donde necesariamente pasan infinitas ideas.

Juan Carlos Ansin

lunes, 21 de marzo de 2011

HASTA QUE LOS GUIJARROS SE HAGAN ROCAS

En 1984 tuve la oportunidad de conocer Japón. Fui becado por la Agencia Japonesa de Cooperación Internacional para realizar un estudio de postgrado en mi especialidad: Cardiología. Recuerdo con claridad asombrosa mi llegada a Tokio. Apenas me había instalado en el hotel, un fuerte temblor sacudió las paredes del cuarto de baño donde me estaba duchando. Como pude, me enrollé una toalla a la cintura y salí despavorido hacia la recepción del piso. Para mi sorpresa sólo me encontré con otro becario dominicano y una señora española. Asustados como yo, ni se fijaron en las partes que a duras penas cubría la toalla. Un botones que por allí pasaba, cargando maletas, nos sonrió y en un inglés precario dijo que eso pasaba varias veces al día.

En el National Cardiovascular Center de Osaka, un hospital dedicado a investigación y atención de enfermedades cardiovasculares, tembló varias veces. Nunca me acostumbré. Cuando el sacudón llega a cierta intensidad los trenes se paran automáticamente. Pero los mapas de evacuación y el orden metódico de la gente, transmitían una seguridad que, pese a la angustia, no me atrevía a desafiar.

Son recuerdos que se han avivado con esta tragedia que hoy vive ese gran país. Las imágenes de la TV parecen extraídas de películas que de no ser reales, hubieran merecido el Oscar en efectos especiales. A medida que la ola del tsunami avanzaba llevándose todo, afloraron a mi memoria los paisajes y los rostros de aquel largo otoño, donde el momiyi coloreaba los parques y avenidas de los barrios japoneses como si fueran bordados surgidos de alguna mano misteriosa, provista del kami que hace al espíritu japonés mirar a la muerte con una sonrisa imperturbable en los labios. Los fines de semana, en el parque de Ueno, las mujeres mayores vestían con serena majestad sus bellos kimonos que suelen rivalizar con los colores de la naturaleza. Recuerdo a dos hermanas gemelas, ya ancianas, sentadas en una banca rodeada de crisantemos amarillos, que bajo los rayos del sol resplandecían como capullos de una gigantesca flor ofrecida a la diosa Amaterasu.

Si Tokio es la colmena donde Japón amasa su fortuna, Kyoto es la joya que reluce en el país de las mil y una islas vibrantes. La mercantil Osaka, yace atravesada de puentes sobre las calas por donde el mar hace su entrada majestuosa, como si fuera el verdadero daimyo de esa Venecia de Oriente.

No puedo, no sé expresar de otro modo la pena que me embarga por los sucesos ocurridos en este querido país que cambió por entero mi forma de ver la vida. Lo hago con este sencillo boceto y estos retazos de mi memoria, con el profundo convencimiento que se cumplirán las estrofas del Kimigayo, su himno nacional: “…Sazare ishi no / Iwao to narite / Koke no musu made”. Hasta que los guijarros se hagan rocas y de ellas brote el musgo.