Los fenómenos naturales, como los terremotos y tsunamis, poseen dentro de sus características, el ser espontáneos y causales; pues obedecen a la coyuntura de la ciencia meteorológica. Suceden cuando las condiciones para que ocurran son óptimas. Lo mismo pasa en el devenir de las sociedades. Sus crisis también responden a causas predeterminadas que la sociología agrupa dentro de las costumbres humanas, y la psicología dentro de las conductas que en aquellas se reflejan. Pasado el punto culminante de estos fenómenos cíclicos con que la vida se manifiesta, sólo quedan sus resacas y rescoldos. Quienes sepan leer en ellos encontrarán explicaciones, desarrollarán teorías y generarán nuevas corrientes de pensamiento que se manifestarán en costumbres novedosas.
De los desperdicios que la Modernidad ha dejado en las orillas, se han rescatado en los últimos años, muestras más que suficientes del grado de descomposición alcanzado en las culturas cuya moral está basada en la construcción teológica de su sociedad. Dios no ha muerto, como malamente le atribuyen a Nietszche, lo han matado.
Descubrir a sus asesinos es la causa del actual escepticismo hacia quienes han creado ideologías ajenas a las posibilidades limitadas del ser humano. Decía el filósofo alemán que fomentar la esperanza, una de las virtudes cristianas, era muy malo porque no hace más que prolongar el sufrimiento y que pedirle al individuo que tenga amor por la humanidad era exigirle al ser humano algo imposible, porque está fuera de su naturaleza egoísta. Es por esa misma razón que tampoco creía en la teoría evolucionista, pues afirmaba que el mono es demasiado bueno para que el hombre descienda de él.
Es en este nihilismo de la sociedad occidental donde se alimentan las legiones de cabreados que protestan sin esperanza alguna, pues saben que no pueden pedirle a la sociedad aquello que esta fuera del alcance del individuo y porque han descubierto que los asesinos de Dios somos todos.