lunes, 21 de marzo de 2011

HASTA QUE LOS GUIJARROS SE HAGAN ROCAS

En 1984 tuve la oportunidad de conocer Japón. Fui becado por la Agencia Japonesa de Cooperación Internacional para realizar un estudio de postgrado en mi especialidad: Cardiología. Recuerdo con claridad asombrosa mi llegada a Tokio. Apenas me había instalado en el hotel, un fuerte temblor sacudió las paredes del cuarto de baño donde me estaba duchando. Como pude, me enrollé una toalla a la cintura y salí despavorido hacia la recepción del piso. Para mi sorpresa sólo me encontré con otro becario dominicano y una señora española. Asustados como yo, ni se fijaron en las partes que a duras penas cubría la toalla. Un botones que por allí pasaba, cargando maletas, nos sonrió y en un inglés precario dijo que eso pasaba varias veces al día.

En el National Cardiovascular Center de Osaka, un hospital dedicado a investigación y atención de enfermedades cardiovasculares, tembló varias veces. Nunca me acostumbré. Cuando el sacudón llega a cierta intensidad los trenes se paran automáticamente. Pero los mapas de evacuación y el orden metódico de la gente, transmitían una seguridad que, pese a la angustia, no me atrevía a desafiar.

Son recuerdos que se han avivado con esta tragedia que hoy vive ese gran país. Las imágenes de la TV parecen extraídas de películas que de no ser reales, hubieran merecido el Oscar en efectos especiales. A medida que la ola del tsunami avanzaba llevándose todo, afloraron a mi memoria los paisajes y los rostros de aquel largo otoño, donde el momiyi coloreaba los parques y avenidas de los barrios japoneses como si fueran bordados surgidos de alguna mano misteriosa, provista del kami que hace al espíritu japonés mirar a la muerte con una sonrisa imperturbable en los labios. Los fines de semana, en el parque de Ueno, las mujeres mayores vestían con serena majestad sus bellos kimonos que suelen rivalizar con los colores de la naturaleza. Recuerdo a dos hermanas gemelas, ya ancianas, sentadas en una banca rodeada de crisantemos amarillos, que bajo los rayos del sol resplandecían como capullos de una gigantesca flor ofrecida a la diosa Amaterasu.

Si Tokio es la colmena donde Japón amasa su fortuna, Kyoto es la joya que reluce en el país de las mil y una islas vibrantes. La mercantil Osaka, yace atravesada de puentes sobre las calas por donde el mar hace su entrada majestuosa, como si fuera el verdadero daimyo de esa Venecia de Oriente.

No puedo, no sé expresar de otro modo la pena que me embarga por los sucesos ocurridos en este querido país que cambió por entero mi forma de ver la vida. Lo hago con este sencillo boceto y estos retazos de mi memoria, con el profundo convencimiento que se cumplirán las estrofas del Kimigayo, su himno nacional: “…Sazare ishi no / Iwao to narite / Koke no musu made”. Hasta que los guijarros se hagan rocas y de ellas brote el musgo.

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