jueves, 24 de febrero de 2011

ESTAMBUL

El Bósforo es un estrecho la mitad de largo que el Canal de Panamá, une el Mar de Marmara con el Mar Negro y separa Asia de Europa. De pie en la proa, como el capitán pirata, recordé los versos de Espronceda al divisar Estambul. La niebla del amanecer la teñía de tenue color azulado. La ciudad de las siete colinas, bordada de cúpulas y minaretes, parecía flotar en el cielo gris. Nos instalamos en un hotel sobre la orilla asiática. Un bote taxi nos cruzaba diariamente hacia el lado europeo, de ese modo se evita el denso tráfico terrestre que hace imposible recorrer a tiempo las maravillas que atesora la ciudad vieja.

Los türk eran una tribu de Anatolia (Asia Menor) que con el tiempo fue asimilada y que también asimiló a mongoles, persas, árabes, griegos, romanos, venecianos y europeos modernos. Desde su fundación griega a Estambul se la llamó Bizancio y luego Constantinopla, en honor a Constantino, el primer emperador romano católico. La capital de Turquía es Ankara. Así como Bolívar soñó que Panamá fuera capital de América, Napoleón opinó que Estambul debería ser la capital del mundo.

Históricamente Estambul ha sido la encrucijada de varias civilizaciones y otros tantos imperios. Conocí allí a Sevda Kali Ergener, amiga del escritor turco Ohran Pahmuk, filóloga y profesora de literatura española que nos hizo un recorrido por la historia y las costumbres de una ciudad que mudó su piel con cada cambio de cultura. Es imposible resumir milenios en una ciudad donde casi en cada barrio hay un museo, una mezquita, un palacio y una universidad.

Hagia Sofía (Santa Sofía) es un museo vivo de la historia de las civilizaciones y bien pudiera ser sede oficial de la UNESCO. Fue iglesia católica durante mil años. Su construcción comenzó en el s. IV y en el VI fue refundada por Justiniano durante el Imperio Bizantino. Luego de la caída de Constantinopla por los otomanos en 1453, se transformó en mezquita. En 1935 el gobierno seglar de Ataturk la transformó en museo y Constantinopla pasó a llamarse Estambul. Destruida por ejércitos y devastada por terremotos, vuelta a rehacer cinco veces en mil quinientos años, hoy es símbolo de los caprichosos ciclos de la historia y de la naturaleza. Sostenida en pie por la rara conjunción de cordura y tesón de quienes tuvieron el poder para hacer prevalecer lo que en la humanidad debiera prevalecer siempre: la tolerancia hacia quienes creen, piensan y son distintos, ya que en el fondo de cada Hombre se escribe una historia muy similar en valores, esperanzas e infortunios. El mensaje de Hagia Sofía es que cada cultura lleva dentro de sí, en la conciencia colectiva, un palimpsesto, un mensaje donde cada fe escribe sobre el libro sagrado de otra fe, en sumisión a su Dios o a los valores de la civilización a la que pertenece por el azar o el destino. Conciencia universal ésta que en distintas lenguas, desde Estambul, nos habla de una norma sagrada: la supremacía de la dignidad humana más allá de los distintos nombres de Dios.

Juan Carlos Ansin

lunes, 7 de febrero de 2011

De cómo vestir palabras y ahogarse en el intento

El lenguaje de la palabra hablada es muy distinto al de la escritura. Cuando hablamos, usamos un tono de voz que fluctúa según el énfasis que ponemos en la intención con que deseamos expresar nuestras ideas. Además, las palabras van acompañadas de un lenguaje corporal que en determinadas circunstancias expresan lo contrario de lo que se dice.

En estos días, un funcionario trataba de excusar la incapacidad administrativa para prevenir la crisis del agua potable, pero su mirada parecía vagar tras la corriente zaina de los ríos desbordados. En ocasión de los sucesos de Arizona, el Sheriff del lugar apuntó hacia el lenguaje cáustico utilizado por políticos y periodistas. Los comentaristas que lo criticaron, invirtieron el discurso con un cinismo tan descarado que terminó por invalidar sus opiniones.

Ciertamente, uno es esclavo de las palabras. Por eso considero que los méritos de la escritura son superiores a los de la oratoria. En principio, porque a la palabra escrita no se la lleva el viento. Queda allí. Es fiel testigo y prueba irrefutable de lo que uno piensa. No hay, o son muy pocas, las posibles coartadas para escapar de lo que ellas afirman. Hasta un signo de puntuación puede valer una condena. Si leemos: El reo dice, el juez miente. Es muy distinto a sentenciar: El reo, dice el juez, miente.

De modo que para escribir hay que tener tiempo para pensar qué se va a decir, cómo lo vamos a escribir y qué palabras vamos a escoger; pues entre todas, una habrá cuyo significado se adecua mejor a lo que se desea precisar. Tampoco olvidemos que la libertad de expresión seguirá siendo esclava eterna de la gramática. No es fácil, por lo menos para mí, establecer concordancias correctas, ajustadas al texto y al contexto. Siempre me quedan dudas y cuanto más consulto, más dudas tengo. Así es que, en cada escrito, no me queda otro remedio que tirarme al agua sin salvavidas. ¡Glup!

Aunque la oralidad ha invadido la escritura, todavía escribir resulta ser una pasión necesaria. También es un arte. Cada uno lo hace según su estilo y cada estilo revela una personalidad distinta. Dominar estilos es virtud de quien domina el arte. La poesía, la prosa y el ensayo requieren del suyo. Pero todos poseen, como la música, una melodía secreta que revela los quilates del autor. Tengo predilección por los escritos que me hacen pensar en matices. Me incomodan la banalidad, la chabacanería, los esperpentos y las afirmaciones dogmáticas, sobre todo en política, ciencia y arte. Prefiero las opiniones donde abunda el tal vez, el quizás y el acaso. Y como no siempre todo desnudo resulta erótico, a las palabras también hay que saber vestirlas para que sugieran más de lo que revelan.

LA MAGIA DE LA LITERATURA

La estética de la literatura es, debiera ser, primariamente comprensiva. Pero la palabra debe no sólo decir lo que queremos decir con la mayor precisión posible sino decirlo con el metro, tono y timbre de la música. Dice Octavio Paz -aún vivo en sus magníficos escritos- que en ocasiones pasaba semanas buscando la palabra perfecta, que encajara en la frase como si esta fuera la última ficha de un rompecabezas interminable. La idea solo se hace realidad cuando se viste de palabra, de otro modo continuará, desnuda y fría, prisionera de un destino solitario y mudo.

Tal vez hayamos olvidado que la literatura se manifiesta también en la elocuencia de su silencio. He allí el centro de su estética. La literatura japonesa recibió una gran influencia a través de la filosofía budista. Borges afirmaba que el budismo no era una religión sino una filosofía con un modo artístico de vivirla. El hayku japonés, un poema corto de tres versos y diecisiete sílabas, es en el fondo la percepción del silencio que se esconde detrás de las palabras y que al pronunciarlas lo devela claramente. Por lo menos es lo que yo he pretendido en este imperfecto: “Luna de plata / alumbra en la noche/ boca de sombra”. También puede abarcar, desde el mutismo del misterio de otra lengua, una historia condensada, como lo revela Wu Ying Zi en Historia del bosque de los letrados, poetas chinos del siglo XVIII “…Corra pues el vino turbio / y hasta el olvido te embriague / que nadie sabe el destino / de la mustia flor errante / abatida sobre el río / prisionera de su cauce”.

No hay pues, en la estética de la lengua, otro goce que no sea la belleza engarzada en palabras. Unos la refieren comparativamente como una alegoría de la música y es quizá lo que más se le aproxima. Modestamente yo la concibo además como una arquitectura, una construcción adecuada al paisaje circundante, al carácter de sus habitantes, al gusto y habilidad del arquitecto y a la impronta del azar, con su juego inefable de luces y sombras, a la magia del color. También es parte de la escultura, donde la arcilla de las veintinueve letras del abecedario y la mano que la moldea, es la misma que la escribe. A tal punto se sucumbe ante ella que se termina siendo su esclavo. Borges lo confiesa así: “…Mi servidumbre es la palabra impura/ vástago de un concepto y un sonido; / ni símbolo, ni espejo, ni gemido / tuyo es el río que huye y que perdura.”

A pesar de lo dicho anteriormente, creo que el milagro de la literatura no está en la estética, está en ese mismo río que surca el espacio entre un bosque de la China y un barrio de Buenos Aires con la vana sutileza intrascendente de tres siglos de distancia.