miércoles, 27 de julio de 2011

¿EN QUÉ ESQUINA TE ENCUENTRO BUENOS AIRES?

¿En qué esquina te encuentro, Buenos Aires?...
¿En qué esquina te encuentro?
Ya no existe Corrientes y Esmeralda
No están solos, ni esperan los porteños.
Seguro estoy de hallarte donde sea
En Núñez o en Palermo,
En las casas de patios con jazmines
Y en los nuevos y altivos rascacielos,
O en la última esquina sin ochavas
De un San Telmo sin negros.

¿En qué esquina te encuentro, Buenos Aires?...
En Callao y Quintana, - mundo ajeno -
Tal vez en Mataderos, en la esquina
Adonde junta leguas “el resero”,
O cerca de la estatua de Florencio,
O rumbo del Abasto por Salguero,
Donde anduvo Gardel, silbando tangos
Que aguantaron el tiempo,
Y algunos que no oí...
Porque murieron.

¿En qué esquina te encuentro, Buenos Aires?...
¿En qué esquina te encuentro?
En la esquina de Sábato y Pichuco
O en la esquina de Borges y Carriego.
Estás en todas, todas las esquinas
Del arrabal y el centro,
En las verdes Barrancas de Belgrano
Y estás en las riberas del Riachuelo,
Cuyas aguas oscuras van diciendo:
Juan de Dios Filiberto...

Autor: Florencio Escardó, alias Piolín de Macramé.
Poeta, literato y pensador.
Médico Pediatra.
Profesor de Medicina.
Porteño Notable.

lunes, 18 de julio de 2011

ÍTACA


Cuando salgas de viaje para Ítaca
Desea que el camino sea largo,
Colmado de aventuras,
Colmado de experiencias.
A los lestrigones, a los cíclopes
Y al irascible Poseidón, no temas,
Pues nunca encuentros tales tendrás en tu camino,
Si tu pensamiento se mantiene alto
Si una exquisita emoción te toca cuerpo y alma,
A los lestrigones y a los cíclopes,
Ni al fiero Poseidón encontrarás,
A no ser que los lleves ya en tu alma,
A no ser que tu alma los ponga frente a ti.
Desea que el camino sea largo,
Que sean muchas las mañanas del estío 
En que, con enorme placer,
Entres, por vez primera,
En puertos desconocidos
Detente en los mercados fenicios,
Adquiere allí bellas mercancías,
Madreperlas y nácares, ébanos y ámbares
Y variados perfumes voluptuosos.
Luego vete a Egipto y en sus ciudades,
Aprende de los sabios.
Pero mantén siempre a Ítaca en tu mente
Llegar allí es tu destino.
No tengas prisas en el viaje,
Es mejor que dure muchos años
Y que viejo al fin, arribes a la isla.
Rico por las ganancias de tu viaje
Sin esperar que Ítaca te ofrezca nada.
Ítaca te ha dado un viaje hermoso
Sin ella no te habrías puesto en marcha.
Pero ya no tiene más nada que ofrecer.
Aunque la encuentres pobre,
Ítaca de ti no se ha burlado.
Convertido en sabio y con tanta experiencia acumulada
Habrás comprendido el significado de las Ítacas.

Constantino Kavafis
Alejandría (1863-1933)

lunes, 11 de julio de 2011

EL ARROYO OTOÑAL

Del Libro de Kenneth Rexroth y Ling Cheng,EL BARCO DE LAS ORQUÍDEAS, una antología histórica de las poetisas de China, deseo compartir estas palabras perfumadas que han trascendido los siglos.

El arroyo otoñal
Se ha vuelto cristalino últimamente
Y al deslizarse como una cinta de humo
Suena como una cítara de diez cuerdas
El sonido penetra en mi almohada
Y me hace pensar en amores pasados.
La melancolía no me deja conciliar el sueño.

Hsüeh T’ao (768-831)

martes, 5 de julio de 2011

EL CINISMO COMO IDEOLOGÍA

Debo al invierno del trópico, a la Internet y a la generosa amistad de quienes me lo obsequiaron, el haberme topado con un autor, hasta entonces para mí, desconocido. El libro se titula Crítica de la razón cínica y su autor, un filósofo alemán tétricamente llamado, Peter Sloterdijk. Es un texto de 765 páginas, dividido en dos partes de cuatro capítulos extraordinariamente densos, originalmente escrito en alemán y supongo, por la salerosa traducción al castellano de España, en ese estilo hermético con el cual los pensadores posmodernos suelen describir un helado de chocolate partiendo por los orígenes del cacao y terminando por la vaca que aportó la leche.

Obviamente mi primera impresión era que se trataba de una obra montada en forma similar a lo que hizo Kant con el pensamiento científico en su Crítica de la razón pura. En eso no me equivoqué y si andaba buscando un texto que abarcara de una pieza el relativismo filosófico posmoderno, por fin lo había hallado. Lo sorprendente no ha sido la sorpresa de sus opiniones sobre los sobacos ilustrados posteriores al siglo XVIII, sino el rescate de un filósofo que la filosofía no había tomado muy en serio hasta ahora. Se trata de Diógenes de Sínope, más conocido por su apodo canino, el Perro. En griego perro es kynós latinizado cynicus y llevado al castellano: cínico, de allí el origen perruno de la palabra. Los puristas a quienes el cinismo incomoda y ciertamente, no por casualidad, han sido los señores del establishment tanto de la Vieja Atenas como de la Nueva York, ellos lo niegan, aduciendo con elegancia hiperbólica que el fundador de la escuela, Antístenes se reunía junto a sus discípulos en el gimnasio de Kynosarges. Suceso no muy distinto a lo que el vulgo ha hecho sentenciar a la Real Academia de la lengua, que fija y da esplendor. Fijando aquí sólo la forma de la vida impúdica del filósofo y no el esplendor de su pensamiento.

Diógenes el Cínico vivió en Grecia circa 322 a.C. Vagabundo, desprejuiciado, brillante crítico social, pensador original y a contracorriente de los grandes de su época, la gente de la calle lo tenía por un “Sócrates loco”. De su pensamiento tan solo quedan anécdotas sueltas y alguna biografía incompleta escrita por su tocayo Diógenes Laercio. Para comprender la conducta o la forma de pensar de una persona hay que conocer algo de su vida y en la de Diógenes hay varios puntos que el predecesor de Freud, William Shakespeare, hubiera rescatado del olvido e impulsado al desprecio de lo fatuo y del antropocentrismo que desde los orígenes grecolatinos han perturbado a la humanidad, del mismo modo que hizo con la duda metódica en Hamlet o con la adicción por el poder político en Macbeth. El padre de Diógenes era un acaudalado señor que se dedicó a falsificar monedas y contrario a la justicia moderna, fue preso. Como todo niño Diógenes quiso imitar al padre y en cuanto tuvo control de su razón se dedicó a falsificar las creencias y costumbres de su época, era el tiempo de la decadencia ateniense y el inicio del helenismo creado por el naciente imperio macedónico. Diógenes fue el creador de una forma de pensar que ha durado tanto o más que la socrática, platónica y aristotélica, impregnó al primer cristianismo, para el cual, para ser feliz solo se necesitaba ser inteligente y despreciar la riqueza y el poder. El advenimiento del pragmatismo puritano y su descendencia opinó lo contrario, para ser feliz se debe ser rico, creyente y lento de sesera, para estos, la ortodoxia cínica, ha quedado relegada a algunos países de la Vieja Europa. En su época, la de Diógenes, carecer de esclavo era un signo social denigrante y cuando de su Beocia natal se dirigía a Atenas se le fugó el suyo. Alguien le recriminó por qué no lo iba a buscar, a lo que respondió: “Yo puedo muy bien vivir sin él, pero desgraciadamente él sin Diógenes no podrá ir demasiado lejos”. Como demuestra la anécdota, citada por Laercio, Diógenes, contrario a los campeones de la democracia griega, estaba en contra de la esclavitud. Despreciaba la moda, las joyas y las normas sociales. Aunque no se ajuste a la realidad histórica, se dice que vivía metido en un tonel y acostumbraba hacer sus necesidades fisiológicas y sexuales en público. No por desequilibrado, sino como una bofetada hacia los prejuicios sociales de entonces, que como los de hoy, nunca faltan y siempre sobran. En cuanto a su opinión sobre los hombres y sus valores se había adelantado varios siglos a los escépticos de la Stoa. Es conocido el hecho que a plena luz del día encendió una linterna y buscaba por las calles de Atenas, al preguntársele qué hacía, respondió: “Busco hombres”. En otra ocasión gritó: “¡Hombres, hombres, venid a mí!” y cuando se le acercaron, los apaleó con su báculo diciendo: “Dije hombres… no animales”. Esto hoy día no causaría demasiada sorpresa, pero en aquellos tiempos el hombre era el centro del universo, dueño y señor de cuanto existía en los cielos y en la tierra. Diógenes fue de los primeros en dudar de los demás, tanto como de sí mismo y quizá sin quererlo dio a la humanidad un legado que no intuyeron pensadores más famosos. Cuando se le preguntó cuál era su patria respondió que era ciudadano del cosmos, de allí el origen de cosmopolita. Tal vez lo que en realidad quiso decir, era que el conocimiento no tiene fronteras y que el hombre libre no deja de ser, en cierto modo, un extranjero. Tal vez su anécdota más famosa es la respuesta a su renombrado admirador: Alejandro Magno, cuando el macedonio le preguntara qué cosa era la que más deseaba en el mundo, el sabio le pidió que se apartara, pues le tapaba la luz del sol.

Peter S., el autor citado al inicio, analiza las consecuencias de esa actitud, la cual se aplica tanto al macedonio como a quienes hoy gobiernan el mundo: “ Tal y como la anécdota de Alejandro pone de manifiesto la posición del filósofo con relación al poderoso y al insaciable, el episodio de la linterna, ilustra su posición frente a los ciudadanos atenienses…Visto así Diógenes sería ciertamente el filósofo más filantrópico de nuestra tradición: popular, sensible, exótico y plebeyo; hasta cierto punto, el gran payaso de la antigüedad…pero ya Laercio acentúa que en su talento para mostrar desprecio, existe una señal segura de su excitación critico-moral… Si el auténtico hombre es aquel que sigue siendo señor de sus deseos y vive racionalmente, en armonía con la naturaleza, entonces es obvio que el hombre social urbanizado es el que se comporta irracional e inhumanamente. De hecho necesita de la luz del filósofo, incluso de día, para orientarse en el mundo.” De modo que este tipo de razonamiento le cabe también al movimiento de los indignados que por el mundo abundan. El cinismo no es pues sinónimo de hipocresía, es ésta la que viste al cínico con su propio sayo.