lunes, 25 de abril de 2011

EL MUNDO DE MARIO

Como si no faltara materia, en Argentina se ha desatado otra polémica, una más en un país que polemiza hasta con su sombra. Mario Vargas Llosa fue invitado por los organizadores de la Feria del Libro de Buenos Aires a su inauguración. Un grupo de intelectuales aborígenes consideró que este ciudadano español nacido en Perú y residente en Londres, París o Madrid, que ha escrito en acicalado castellano la prosa más versátil que el boom latinoamericano ha dado al mundo globalizado, no era decían, el personaje adecuado.

Las razones no fueron literarias, las que el mundo le reconoce a Vargas Llosa, sino por las ideas políticas de Mario, que desde la izquierda romántica pasó al liberalismo utópico actual. Ideologías que, el tiempo ha demostrado, son tan tramposas como la juventud y tan descarnadas como la vejez de los hombres. El error de sus detractores consistió en no promover un debate público, arma formidable de ambas dialécticas, que estos intelectuales kafkianos olvidaron por escribir con el cuchillo entre los dientes. En cambio se limitaron a borrar a Mario del programa. Por suerte, la señora presidenta quitó de un plumazo los puntos sobre las íes y escribió: ¡Yes! Mario va, aunque a mí no me quiera.

Sus contrincantes se rectificaron tardía y tontamente. Ya la guerra fue avisada y el peruano parlanchín ha sacado ventaja, sabe cómo y a quién atacar, además de los pingües beneficios que tal promoción le reditúa tanto al bolsillo como al culto de su personalidad, en un mundo –el de Mario- donde los ideales viven acosados por el cinismo utilitario de moda, que los iluminados, chuecos o ambidiestros, defienden ciegamente.

Los autores de la izquierda faisandé (*), apegados a la literatura comprometida del siglo XX, no le van a perdonar a Mario su transfuguismo político. Tal vez porque en la larga experiencia de los dogmas, no existe fanatismo peor que el de los conversos. El mundo socialista que Vargas Llosa defendió en su juventud, se fundió como los reactores nucleares de Fukushima: desde adentro. Pero el mundo donde Mario vive ahora, no es aquel de Vargas Llosa. Es el de la aldea global, el de la gente que reniega de sus raíces para ser una mustia flor errante. Una más entre las masas flotantes, que por el mundo fluyen en busca de pan y justicia y en cambio reciben floridos discursos sobre la libertad en tiempos del realismo fantástico. Mientras en Macondo, cada hijo nace más endeudado que sus padres y donde para competir por un empleo en negro se exige diploma, menos para gobernar. Una libertad mentirosa, que nos empieza a vapulear desde la teta materna, pasa por la justicia selectiva y termina con políticos fracasados dando cátedra de cómo debemos ser gobernados.

En ese mundo fariseo, el de Mario, donde la lucha por la libertad se funde con el derecho comercial, y donde el individuo prevalece sobre la sociedad que lo premia; en el mundo antitético de Mario, el que Vargas Llosa olvidó, no cabe el mundo real, el de la angustia existencial, el del Ser y la Nada. La libertad de la que nos habla don Mario, como el amor y la felicidad, son conquistas de una lucha perpetua con el lobo con piel de oveja que todos llevamos dentro. Y con el de Mario.

(*) Faisandé: carne de caza madurada a punto de pudrirse.

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