lunes, 12 de septiembre de 2011

LA IMPORTANCIA DE UNA COMA

“En ocasiones, el que más sabe es el que menos entiende”
Sarmiento


El 11 de Septiembre ha sido devorado por las bulímicas pantallas de televisión que vomitan, una tras otra, las imágenes de una tragedia imposible de olvidar. Todavía siento correr por la espalda el filo acerado del terror, al mismo tiempo que el aeroplano se impactaba en la primera de las Torres Gemelas. A los pocos minutos se repitió el mismo episodio con idéntica similitud, tal como sucedía en las primeras épocas del cine cuando se cortaba la cinta de celuloide y repetían la secuencia anterior, sólo que esta vez lo que se repetía era la insólita expresión de la barbarie humana llevada hasta el punto de la consternación mundial, a todo color y en tiempo real. Allí donde la tecnología -preciada gema de nuestra civilización- entra por los ojos a la mente y el corazón del televidente cautivo, con la franca desfachatez de la imagen enmarcada de gritos, advertencias, nombres anónimos y alaridos proferidos por gente aterrorizada corriendo, sin éxito, delante de una gigantesca y feroz nube de polvo que cubrió por entero la capital del mundo y dejó impresa en el inconsciente colectivo, un temor que todavía la humanidad no ha podido resolver.

La de hoy fue otra conmemoración de aquella barbarie. La del odio enquistado como una larva diabólica en la mente crédula y supersticiosa de una civilización cuyo centro es la palabra divina y el libro sagrado. Doctrina utilizada como excusa para darle razón a la locura. Porque el fanatismo, cualquiera sea su origen y representación, no es más que eso: la racionalización abortada de una locura. No importa que esta sea transitoria, como la de matar en defensa propia, allí el instinto de conservación -un reflejo condicionado en los  estratos más profundos y arcaicos del cerebro- anula el largo laberinto neuronal por el que viaja esa compleja elaboración de la conciencia que llamamos idea moral. Pero lo peor no está en la locura pertinaz del fanatismo religioso o ideológico, está en tomar durante la represalia, el camino racional contrario al de la moral y la ética del comportamiento civilizado -me  refiero al sentido de cultura humanitaria que aquel lleva implícito- lo peor para la democracia occidental es responder a la barbarie con otra barbarie mayor, como la mentira que justifique apuntar contra el enemigo equivocado. No se puede arrasar Roma por los pecados del César; ni se puede incendiar el Medio Oriente por la arrogancia típica de un puñado de fanáticos conservadores, con doctorado o sin el, que gobernaron a un desconocido Estados Unidos de América, como Atila gobernó Europa.

Facundo o civilización y barbarie fue la gran obra literaria de Domingo Faustino Sarmiento que revela, en el mediodía del siglo XIX, la otra cara de la civilización, ya no del fanatismo letrado que una religión mal interpretada puede provocar. En el Facundo aflora con toda su miseria la peor de las barbaries: la ignorancia. Cuando la América nuestra, recién daba a luz los primeros engendros nacidos de la noble Ilustración, los caudillos. Fueron los héroes de la independencia que a los sones de una igualdad fraterna y libertaria, con un incorregible hábito guerrero, quedaron sin conchabo. No hay ejército o pandilla más obediente y temible que la que no sabe leer ni escribir. Allá iban las masas aguerridas, ayer vivando a la patria y hoy: al Jefe. Como hacen las maras con el suyo.

En nuestra época, aquella dicotomía denunciada entonces por el padre de las aulas latinoamericanas, no existe. La barbarie ha penetrado en todos los estamentos y en todo lugar, ya no se salva la ciudad civilizada ni se condena solamente el atraso del campo bárbaro. El analfabetismo funcional tiene muchos grados y otras tantas absoluciones oficiales, puesto que no se le puede exigir a un empleado de banco lo mismo que a su gerente, ni a un maestro de párvulos lo que a un Ministro de Educación. Tampoco debiera exigírsele a éste lo que debiera hacer el presidente. Sin embargo la cruda realidad nos demuestra cada día que la barbarie vive y está al acecho. Para terminar con ella debemos volver a que en América nazcan uno, cientos, miles, millones de Sarmientos, que como los de la vid se reproduzcan y den, en nuestro país, frutos preciosos en lugar de fomentar nuevamente las uvas de la ira.

En 1943, durante la Conferencia Interamericana de Educación llevada a cabo en Panamá, el 11 de Septiembre, fecha del fallecimiento de Sarmiento, fue declarado Día del Maestro.

En una ocasión, cuando Sarmiento era inspector de escuelas antes de ser presidente en su Argentina natal, visitó un colegio rural al pie de los Andes. En su opinión los niños dominaban bastante bien, la geografía, la historia y las matemáticas pero no así la gramática, hecho que le hizo notar al maestro de la escuela inspeccionada. Éste le respondió que un signo de puntuación equivocado no era demasiado importante. ¿Ah no? exclamó Sarmiento mientras se dirigía al tablero. Allí escribió: El maestro dice, el inspector es un ignorante. El maestro, abochornado, aclaró que él no había dicho tal cosa. Sarmiento le respondió: Pues yo sí, y acto seguido cambiando y agregando otra coma hizo leer en voz alta la misma oración. El maestro, dice el inspector, es un ignorante.

Juan Carlos Ansin

jueves, 1 de septiembre de 2011

LA RAZÓN DE LA POBREZA

Este artículo se reedita por la gentil petición de la lectora Nancy Vanessa Jaén. Fue publicado en julio de 2007 en El Panamá América.

LA RAZÓN DE LA POBREZA

“Debemos comprender de una vez por todas que el destino de los poseedores está en manos de los desposeídos”. J Sachs
Existen conceptos que por repetidos se toman como ciertos. Los hay, que sin repetirlos, la fe del creyente los convierte en dogma o axioma. Tal es el caso de los fanatismos ideológicos. Su fe depende de lo que Savater define como el deseo de creer. Tiene fe el que desea creer en algo o en alguien. Pero no todo el que cree lo hace por la fe. También lo hace por la razón, como el científico y los filósofos que siguen la escuela racionalista. Otros hay que creen en el instinto o en las percepciones irracionales, metafísicas o psicológicas.

Aunque se halla muy cuestionada en los hechos, todavía predomina en muchos países, entre ellos el nuestro, la ideología neoliberal que cree a pie juntillas en la regulación infalible de las “leyes” del mercado y en su “mano invisible”, en el origen de la riqueza por la creatividad individual, la acumulación de capital y en el Estado empresarial como nodriza de negociantes (su ausencia sólo la piden los escasos liberales ortodoxos que quedaron extraviados después de la Revolución Industrial). Tampoco faltan quienes afirman que el crecimiento económico es el principal factor que reduce la pobreza.

Como me han enseñado desde la secundaria que para entablar una discusión hay primero que aclarar los términos, porque una palabra puede significar lo mismo o su contrario, voy a utilizar algunas definiciones que creo sencillas, prácticas y razonables.

El Dr. Julio Olivera, un economista experto en políticas económicas, comentaba hace ya algunos años en artículos para consumo popular que: “Un país puede crecer sin desarrollarse, crecer y desarrollarse sin progresar. Crecer, desarrollarse y progresar sin evolucionar”. Para aclarar más esto voy a permitirme copiar los términos allí citados.

Crecimiento económico es el aumento del PBI (Producto Bruto Interno) que se expande en el tiempo. Desarrollo económico es el aumento del PBI actual con  respecto al PBI potencial, también en función del tiempo. Progreso económico es el aumento de la percepción de bienestar social logrado por la satisfacción de las necesidades comunes de la población. Evolución económica es el cambio cualitativo en las estructuras básicas de producción (agrícola, industrial, de servicios, etc.).

Merrill Lynch y el Grupo Capgemini* publicaron un estudio en junio de 2006 sobre  el aumento de la riqueza del mundo durante el año 2004-2005. Allí se definen a los particulares con patrimonios elevados, como aquellos individuos que disponen de más de un millón de dólares en activos financieros líquidos (sin contar vivienda y consumibles). En el mundo los nuevos millonarios (NM) aumentaron en un 6,5 % hasta alcanzar 8,7 millones de personas que en conjunto poseen más de 33,3 billones de dólares (doce ceros a la derecha). La riqueza global en manos particulares creció por segundo año consecutivo en 8,5%. El incremento de ricos muy ricos (más de 30 millones de dólares de patrimonio) creció más aún, en 10,2% para alcanzar sólo a 85.400 individuos. Los países con mayor incremento fueron: Corea del Sur (21,3%), India (19,3%), Rusia (17,4%) y Sudáfrica (15,9%). Las regiones con mayor crecimiento de NM fueron: África (11,7%), Oriente Medio (9,8), América Latina (9,7%), Asia Pacífico (7,3%), América del Norte (6,9%) y Europa (4,5%).

En nuestra región el incremento anual de nuevos ricos fue de 9,7% con respecto al año anterior. En América Latina la proporción promedio de pobres absolutos (10%) y moderados (15%) no ha disminuido** significativamente en los últimos años.  Según el informe, Brasil se encuentra entre las diez naciones donde más ha aumentado el número de nuevos ricos.  Recordemos que ese mismo país con un coeficiente de distribución de Gini de casi 0,6 (malo)  en el 2004, necesitaba 10 años para reducir el número de pobres  a la mitad, que es el objetivo del Milenio acordado por 191 países (entre ellos Panamá) en la ONU. Mientras que Polonia, con un Gini de 0,3 (bueno) necesitaría 3 o 4 años para lograr el mismo resultado.

Esto quiere decir que con el aumento del crecimiento económico en países con mala distribución de su riqueza -como el nuestro, con un Gini de 0,47 en 2003- lo que se logra es el aumento de pocos ricos, aumento de muchos pobres y aumento de la brecha que separa ricos y pobres. En conclusión: es incorrecto o falso afirmar que en países con mala distribución de su riqueza el crecimiento económico reduce la pobreza o que produce progreso económico. Por el contrario, el crecimiento económico  invariablemente fomenta el aumento de  la concentración de la riqueza pues los pocos que más tienen son los que mas crecen. Un efecto que el estudio atribuye mayormente al aumento de la capitalización bursátil, es decir a la renta en la especulación financiera y al crecimiento del PBI.

En Panamá, aquellos que han logrado un merecido bienestar económico dentro del marco legal del sistema imperante, debieran fomentar la función social del capital así como la humanización del trabajo y la promoción global de la cultura del conocimiento, si es que en verdad se quiere evolucionar y crecer con progreso y desarrollo.


** El fin de la pobreza, Jeffrey Sachs, Random House Mondadori, 2006.