Debo al invierno del trópico, a la Internet y a la generosa amistad de quienes me lo obsequiaron, el haberme topado con un autor, hasta entonces para mí, desconocido. El libro se titula Crítica de la razón cínica y su autor, un filósofo alemán tétricamente llamado, Peter Sloterdijk. Es un texto de 765 páginas, dividido en dos partes de cuatro capítulos extraordinariamente densos, originalmente escrito en alemán y supongo, por la salerosa traducción al castellano de España, en ese estilo hermético con el cual los pensadores posmodernos suelen describir un helado de chocolate partiendo por los orígenes del cacao y terminando por la vaca que aportó la leche.
Obviamente mi primera impresión era que se trataba de una obra montada en forma similar a lo que hizo Kant con el pensamiento científico en su Crítica de la razón pura. En eso no me equivoqué y si andaba buscando un texto que abarcara de una pieza el relativismo filosófico posmoderno, por fin lo había hallado. Lo sorprendente no ha sido la sorpresa de sus opiniones sobre los sobacos ilustrados posteriores al siglo XVIII, sino el rescate de un filósofo que la filosofía no había tomado muy en serio hasta ahora. Se trata de Diógenes de Sínope, más conocido por su apodo canino, el Perro. En griego perro es kynós latinizado cynicus y llevado al castellano: cínico, de allí el origen perruno de la palabra. Los puristas a quienes el cinismo incomoda y ciertamente, no por casualidad, han sido los señores del establishment tanto de la Vieja Atenas como de la Nueva York, ellos lo niegan, aduciendo con elegancia hiperbólica que el fundador de la escuela, Antístenes se reunía junto a sus discípulos en el gimnasio de Kynosarges. Suceso no muy distinto a lo que el vulgo ha hecho sentenciar a la Real Academia de la lengua, que fija y da esplendor. Fijando aquí sólo la forma de la vida impúdica del filósofo y no el esplendor de su pensamiento.
Diógenes el Cínico vivió en Grecia circa 322 a.C. Vagabundo, desprejuiciado, brillante crítico social, pensador original y a contracorriente de los grandes de su época, la gente de la calle lo tenía por un “Sócrates loco”. De su pensamiento tan solo quedan anécdotas sueltas y alguna biografía incompleta escrita por su tocayo Diógenes Laercio. Para comprender la conducta o la forma de pensar de una persona hay que conocer algo de su vida y en la de Diógenes hay varios puntos que el predecesor de Freud, William Shakespeare, hubiera rescatado del olvido e impulsado al desprecio de lo fatuo y del antropocentrismo que desde los orígenes grecolatinos han perturbado a la humanidad, del mismo modo que hizo con la duda metódica en Hamlet o con la adicción por el poder político en Macbeth. El padre de Diógenes era un acaudalado señor que se dedicó a falsificar monedas y contrario a la justicia moderna, fue preso. Como todo niño Diógenes quiso imitar al padre y en cuanto tuvo control de su razón se dedicó a falsificar las creencias y costumbres de su época, era el tiempo de la decadencia ateniense y el inicio del helenismo creado por el naciente imperio macedónico. Diógenes fue el creador de una forma de pensar que ha durado tanto o más que la socrática, platónica y aristotélica, impregnó al primer cristianismo, para el cual, para ser feliz solo se necesitaba ser inteligente y despreciar la riqueza y el poder. El advenimiento del pragmatismo puritano y su descendencia opinó lo contrario, para ser feliz se debe ser rico, creyente y lento de sesera, para estos, la ortodoxia cínica, ha quedado relegada a algunos países de la Vieja Europa. En su época, la de Diógenes, carecer de esclavo era un signo social denigrante y cuando de su Beocia natal se dirigía a Atenas se le fugó el suyo. Alguien le recriminó por qué no lo iba a buscar, a lo que respondió: “Yo puedo muy bien vivir sin él, pero desgraciadamente él sin Diógenes no podrá ir demasiado lejos”. Como demuestra la anécdota, citada por Laercio, Diógenes, contrario a los campeones de la democracia griega, estaba en contra de la esclavitud. Despreciaba la moda, las joyas y las normas sociales. Aunque no se ajuste a la realidad histórica, se dice que vivía metido en un tonel y acostumbraba hacer sus necesidades fisiológicas y sexuales en público. No por desequilibrado, sino como una bofetada hacia los prejuicios sociales de entonces, que como los de hoy, nunca faltan y siempre sobran. En cuanto a su opinión sobre los hombres y sus valores se había adelantado varios siglos a los escépticos de la Stoa. Es conocido el hecho que a plena luz del día encendió una linterna y buscaba por las calles de Atenas, al preguntársele qué hacía, respondió: “Busco hombres”. En otra ocasión gritó: “¡Hombres, hombres, venid a mí!” y cuando se le acercaron, los apaleó con su báculo diciendo: “Dije hombres… no animales”. Esto hoy día no causaría demasiada sorpresa, pero en aquellos tiempos el hombre era el centro del universo, dueño y señor de cuanto existía en los cielos y en la tierra. Diógenes fue de los primeros en dudar de los demás, tanto como de sí mismo y quizá sin quererlo dio a la humanidad un legado que no intuyeron pensadores más famosos. Cuando se le preguntó cuál era su patria respondió que era ciudadano del cosmos, de allí el origen de cosmopolita. Tal vez lo que en realidad quiso decir, era que el conocimiento no tiene fronteras y que el hombre libre no deja de ser, en cierto modo, un extranjero. Tal vez su anécdota más famosa es la respuesta a su renombrado admirador: Alejandro Magno, cuando el macedonio le preguntara qué cosa era la que más deseaba en el mundo, el sabio le pidió que se apartara, pues le tapaba la luz del sol.
Peter S., el autor citado al inicio, analiza las consecuencias de esa actitud, la cual se aplica tanto al macedonio como a quienes hoy gobiernan el mundo: “ Tal y como la anécdota de Alejandro pone de manifiesto la posición del filósofo con relación al poderoso y al insaciable, el episodio de la linterna, ilustra su posición frente a los ciudadanos atenienses…Visto así Diógenes sería ciertamente el filósofo más filantrópico de nuestra tradición: popular, sensible, exótico y plebeyo; hasta cierto punto, el gran payaso de la antigüedad…pero ya Laercio acentúa que en su talento para mostrar desprecio, existe una señal segura de su excitación critico-moral… Si el auténtico hombre es aquel que sigue siendo señor de sus deseos y vive racionalmente, en armonía con la naturaleza, entonces es obvio que el hombre social urbanizado es el que se comporta irracional e inhumanamente. De hecho necesita de la luz del filósofo, incluso de día, para orientarse en el mundo.” De modo que este tipo de razonamiento le cabe también al movimiento de los indignados que por el mundo abundan. El cinismo no es pues sinónimo de hipocresía, es ésta la que viste al cínico con su propio sayo.
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