He leído el libro del periodista Andrés Oppenheimer titulado ¡Basta de historias! Se trata de una encomiable crónica sobre la educación en América Latina comparada con un grupo de países como China, India, Singapur y otros “de diferentes colores políticos, pero que -cada uno a su manera- han logrado mejorar sus niveles educativos y reducir dramáticamente la pobreza” (sic).
El libro apunta a cambiar de dirección en las metas de la enseñanza teniendo en cuenta “la nueva era de la economía del conocimiento”. Novedad tan vieja como la humanidad, pues el conocimiento, como el poder, nunca estuvo alejado del dinero. Su autor enfatiza en la formación científica. Para ello entrevistó a distintas autoridades de instituciones educativas, así como al Presidente Obama, al premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz y a Bill Gates. No recuerdo que haya entrevistado a algún pedagogo notable. Su crítica se extiende a las carreras humanísticas, como Filosofía e Historia y extrapola, con llamativa ligereza, que los latinoamericanos, atosigados por nuestro pasado, miramos para atrás y no hacia el futuro. ¿Qué sería de Barak Obama sin Martin Luter King? ¿Qué de la ciencia sin la epistemología?
Escrutar el futuro sin conocer el pasado es propio de adivinos, augures y nigromantes. Sobre todo si se descarta de plano la importancia de la filosofía en la adquisición del conocimiento científico y en la argumentación crítica de cualquier propuesta emitida como verdadera. Gran parte del libro revela una visión muy personal de nuestra historia política y, paradójicamente, hace una apología del pragmatismo filosófico estadounidense aplicado a la educación. Como si esta fuera una herramienta destinada sólo al servicio de la economía y no al desarrollo integral del ser humano. Tal y como el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo afirma al declarar que la verdadera riqueza de las naciones está en su gente. Esta visión de la economía del conocimiento aplicada a la tecnología, no dista mucho del neocapitalismo que pretende someter la cultura bajo una forma de individualismo mercantil camuflado como política educativa falsamente democrática y progresista.
El libro carece de rigor académico y de objetividad y le sobra curiosidad personal, no quiero con esto desmeritar el valor que tienen las propuestas de este turismo educativo periodístico, aunque para el lector medianamente informado no ofrezca demasiadas novedades. Excepto que la información está bien recopilada en un libro escrito con prosa sencilla y legible.
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