El Bósforo es un estrecho la mitad de largo que el Canal de Panamá, une el Mar de Marmara con el Mar Negro y separa Asia de Europa. De pie en la proa, como el capitán pirata, recordé los versos de Espronceda al divisar Estambul. La niebla del amanecer la teñía de tenue color azulado. La ciudad de las siete colinas, bordada de cúpulas y minaretes, parecía flotar en el cielo gris. Nos instalamos en un hotel sobre la orilla asiática. Un bote taxi nos cruzaba diariamente hacia el lado europeo, de ese modo se evita el denso tráfico terrestre que hace imposible recorrer a tiempo las maravillas que atesora la ciudad vieja.
Los türk eran una tribu de Anatolia (Asia Menor) que con el tiempo fue asimilada y que también asimiló a mongoles, persas, árabes, griegos, romanos, venecianos y europeos modernos. Desde su fundación griega a Estambul se la llamó Bizancio y luego Constantinopla, en honor a Constantino, el primer emperador romano católico. La capital de Turquía es Ankara. Así como Bolívar soñó que Panamá fuera capital de América, Napoleón opinó que Estambul debería ser la capital del mundo.
Históricamente Estambul ha sido la encrucijada de varias civilizaciones y otros tantos imperios. Conocí allí a Sevda Kali Ergener, amiga del escritor turco Ohran Pahmuk, filóloga y profesora de literatura española que nos hizo un recorrido por la historia y las costumbres de una ciudad que mudó su piel con cada cambio de cultura. Es imposible resumir milenios en una ciudad donde casi en cada barrio hay un museo, una mezquita, un palacio y una universidad.
Hagia Sofía (Santa Sofía) es un museo vivo de la historia de las civilizaciones y bien pudiera ser sede oficial de la UNESCO. Fue iglesia católica durante mil años. Su construcción comenzó en el s. IV y en el VI fue refundada por Justiniano durante el Imperio Bizantino. Luego de la caída de Constantinopla por los otomanos en 1453, se transformó en mezquita. En 1935 el gobierno seglar de Ataturk la transformó en museo y Constantinopla pasó a llamarse Estambul. Destruida por ejércitos y devastada por terremotos, vuelta a rehacer cinco veces en mil quinientos años, hoy es símbolo de los caprichosos ciclos de la historia y de la naturaleza. Sostenida en pie por la rara conjunción de cordura y tesón de quienes tuvieron el poder para hacer prevalecer lo que en la humanidad debiera prevalecer siempre: la tolerancia hacia quienes creen, piensan y son distintos, ya que en el fondo de cada Hombre se escribe una historia muy similar en valores, esperanzas e infortunios. El mensaje de Hagia Sofía es que cada cultura lleva dentro de sí, en la conciencia colectiva, un palimpsesto, un mensaje donde cada fe escribe sobre el libro sagrado de otra fe, en sumisión a su Dios o a los valores de la civilización a la que pertenece por el azar o el destino. Conciencia universal ésta que en distintas lenguas, desde Estambul, nos habla de una norma sagrada: la supremacía de la dignidad humana más allá de los distintos nombres de Dios.
Juan Carlos Ansin
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