lunes, 7 de febrero de 2011

LA MAGIA DE LA LITERATURA

La estética de la literatura es, debiera ser, primariamente comprensiva. Pero la palabra debe no sólo decir lo que queremos decir con la mayor precisión posible sino decirlo con el metro, tono y timbre de la música. Dice Octavio Paz -aún vivo en sus magníficos escritos- que en ocasiones pasaba semanas buscando la palabra perfecta, que encajara en la frase como si esta fuera la última ficha de un rompecabezas interminable. La idea solo se hace realidad cuando se viste de palabra, de otro modo continuará, desnuda y fría, prisionera de un destino solitario y mudo.

Tal vez hayamos olvidado que la literatura se manifiesta también en la elocuencia de su silencio. He allí el centro de su estética. La literatura japonesa recibió una gran influencia a través de la filosofía budista. Borges afirmaba que el budismo no era una religión sino una filosofía con un modo artístico de vivirla. El hayku japonés, un poema corto de tres versos y diecisiete sílabas, es en el fondo la percepción del silencio que se esconde detrás de las palabras y que al pronunciarlas lo devela claramente. Por lo menos es lo que yo he pretendido en este imperfecto: “Luna de plata / alumbra en la noche/ boca de sombra”. También puede abarcar, desde el mutismo del misterio de otra lengua, una historia condensada, como lo revela Wu Ying Zi en Historia del bosque de los letrados, poetas chinos del siglo XVIII “…Corra pues el vino turbio / y hasta el olvido te embriague / que nadie sabe el destino / de la mustia flor errante / abatida sobre el río / prisionera de su cauce”.

No hay pues, en la estética de la lengua, otro goce que no sea la belleza engarzada en palabras. Unos la refieren comparativamente como una alegoría de la música y es quizá lo que más se le aproxima. Modestamente yo la concibo además como una arquitectura, una construcción adecuada al paisaje circundante, al carácter de sus habitantes, al gusto y habilidad del arquitecto y a la impronta del azar, con su juego inefable de luces y sombras, a la magia del color. También es parte de la escultura, donde la arcilla de las veintinueve letras del abecedario y la mano que la moldea, es la misma que la escribe. A tal punto se sucumbe ante ella que se termina siendo su esclavo. Borges lo confiesa así: “…Mi servidumbre es la palabra impura/ vástago de un concepto y un sonido; / ni símbolo, ni espejo, ni gemido / tuyo es el río que huye y que perdura.”

A pesar de lo dicho anteriormente, creo que el milagro de la literatura no está en la estética, está en ese mismo río que surca el espacio entre un bosque de la China y un barrio de Buenos Aires con la vana sutileza intrascendente de tres siglos de distancia.

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