sábado, 14 de junio de 2014

EN EL NOMBRE DEL HIJO EN EL DÍA DEL PADRE

La Prensa - Ciudad de Panamá, 18 de junio de 2000

En el nombre del hijo

Juan Carlos Ansin
Te voy a escribir esta carta, padre, con la amarga certeza de saber que será la primera que no leerás nunca. No es a ti a quien va dirigida. Tú solo serás un mensajero celeste. ¿Qué otra cosa puedes ser? ¿Qué otra divina cosa podrías ser?
¡Cuánto daría por compartir contigo esa copa de vino torrontés que tanto te gustaba, como hicimos el año pasado, también en nuestro día! Te diré que en principio –aunque yo ya no soy yo– por casa nada ha cambiado. Allí están tus pijamas prolijamente planchados, como esperándote, y mamá, con su interminable nostalgia a cuestas. Tu viejo retrato, con el uniforme blanco de la Armada, sigue a su lado, solo que esta vez también te acompaña una flor escarlata.
Por lo demás la vida sigue su curso, con sus alegrías y sinsabores, aunque hace ya varios meses noto en el aire una cierta liviandad, una especie de vacío en el vacío. Una huella indescifrable que tan solo yo distingo. Se me ocurre que desde tu partida, esta parte del mundo, de nuestro pequeño mundo familiar quiero decir, se ha convertido en una insoportable levedad del ser.
Tengo que confesarte que ahora ocupo tu lugar en la mesa. Yo, que siempre renegué de la cabecera por su imponente distinción autoritaria, ¡me siento ahora tan a gusto viendo las cosas desde tu propia perspectiva! Ya sé que te estás sonriendo, con los ojos entrecerrados, como diciendo: ‘‘¿Tenía o no razón?’’. Hasta me sorprendí argumentando con tus propios razonamientos, tan drásticos, tan maniqueos; como solía decirte cuando me invadían las ínfulas tuyas de querer saberlo todo. No me consta, pero alguien muy cercano me ha dicho que cada día que pasa me parezco más a ti. Yo no le hago caso, son cosas que se dicen por decir, como a los recién nacidos que siempre los encuentran parecidos a la persona más conveniente.
Durante el fin de semana, mientras ordenaba algunos papeles, me encontré con una carta tuya de mi época de estudiante. No fue lo que en ella decías lo que me emocionó, sino el reconocer tu inconfundible caligrafía. Me pareció que estabas contenido allí, dentro de aquellos trazos redondos y parejos. Sin quererlo, mis dedos siguieron los contornos de las letras y entonces, de repente, tuve la sensación física de que acariciabas mi mano. Como hiciste la última vez, después que te afeitara a regañadientes.
Mientras me esforzaba por guardar en alguna parte de mi ser aquella sensación inefable, vino a mi memoria aquel objeto que escondí afanosamente y que llevé conmigo horas después de que emprendieras tu último viaje. A ti que te encantaba ir de aquí para allá, sabrás bien lo que es guardar objetos para el recuerdo. Pues yo tengo el mío. Una especie de minúsculo amuleto, un talismán que logra apaciguar instantáneamente ese vacío dejado por tu ausencia. Se trata de un pedacito tuyo, de aquel diente accidentalmente partido y que es lo único que ha quedado de ti, además de tus cenizas y de tus recuerdos.
Hoy, cuando me levanté de la cama, el espejo del baño me devolvió una imagen distinta. Noté que tenía el cabello más blanco y ciertas arrugas en el rostro hicieron el milagro de verte reflejado. Puede ser que sea uno de los trucos que casi a diario me juega la imaginación, o tal vez el deseo intenso de volver a verte y de compartir contigo aquella copa inconclusa, pero en el fondo, yo sé bien que los días y los años nos irán acercando más y más, hasta confundirnos en lo que antes de yo nacer éramos: un solo ser.
Es por eso, padre, que esta carta no va dirigida a ti, sino a mis hijos. Para que, cuando la rueda del destino gire hacia mi lado y en el Día del Padre la tristeza los invada y los mantenga anclados en el pasado, sobre un mar de recuerdos, mecidos por la nostalgia, sepan que yo también estaré con ellos y en ellos. Recibe pues, padre, en el nombre del hijo, en tu día, este mensaje con la sagrada misión de echarlo a volar al viento.
El autor es médico

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